
que va este experimento.
Os dejo el enlace de los dos primeros capítulos por si no los habéis leído: PIGS. Capítulos I y II
También os vuelvo a poner el enlace a la playlist de youtube creada especialmente para el relato con las canciones de Tom Waits: Playlist PIGS
Y este par de temas de ejemplo:
Y un apunte, hay una canción en el texto que está en inglés. No me ha parecido ponerla en el texto en castellano, ya que la rima y el tempo están pensados para ser cantadas en ese idioma. Sí queréis ver la traducción al español, sólo pinchad en la letra y os enlazará con otra página dónde he colgado las dos versiones.
Espero que disfrutéis del capítulo y comentad lo que os guste y lo que no. ¡Pronto seguiré con las andanzas de Frank!
III – Ronda de chupitos
El chico, un poco más
joven que su compañero y algo entrado en carnes, arquea una ceja, como si no
terminase de fiarse de tan buenas intenciones. Con sus diminutas pupilas moviéndose
de un lado a otro, espera encontrar cualquier resquicio que le descubra el
timo. Tal que un policía en la rueda de reconocimiento, va fijando la vista en cada
uno de los elementos que trae consigo el sospechoso, desde su inseparable
sombrero de fieltro moteado de lamparones, hasta su barba a medio afeitar, un
paisaje de desniveles castaños, posiblemente recortado con algo similar a unas
tijeras de podar. Pero toda la parafernalia pasa desapercibida ante el
llamativo buzón que gasta el tipo; una bocaza que se expande como luna
creciente y en la que no para de moverse una lengua revoltosa en extraña y rítmica
cadencia.
Decía mi madre que la
vergüenza hay que dejarla para los muertos, y que la vida está para comérsela a
dentelladas. No puedo decir que me aplicase el cuento a rajatabla, a la vista
está, pero al menos tengo a Frank para demostrarme cada día que mi progenitora no
andaba desencaminada.
Porque, como habrán
podido apreciar, los rostros estupefactos de esos dos ante la eufórica entrada
del músico, no han impedido que éste se haya sentado a la mesa con ellos. Con
la silla volteada y la expresión de un niño que espera los regalos de navidad, agita
nervioso el pie, deseando que empiece la fiesta.
— ¿A qué vienen esas caras, compadres? La
noche es joven y el local invita a otra ronda.
Los hombres permanecen
aún desconcertados por la esperpéntica escena, pero ninguno parece atreverse a
mandar a paseo a su nuevo anfitrión. El que está a la izquierda de Frank, un
tipo delgado y alrededor de la cuarentena, se ajusta las gafas al tiempo que se
atusa la canosa perilla visiblemente incómodo. El otro, en cambio, se diría
algo enfadado ante la intrusión.
— ¿Y tú quién eres? ¿El dueño? — le
increpa.
— Qué dios me libre. — contesta Frank con
sorna mostrando unos piños amarillentos — Digamos que tengo un acuerdo con la
casa. ¡Pidan, pidan, no se queden con las ganas!
Si estuviesen en el
lugar del chico, den por hecho que también lo observarían con lupa.
Mas la desconfianza es
algo que da mucha pereza. Por consiguiente, a pesar de las lógicas suspicacias
y tras un tenso y silencioso minuto, el joven acaba bajando la testa, derrotado
ante la cara de inocencia de aquel loco. Con un “vale, como quieras”, deja
zanjada la cuestión dando vía libre al pianista para que siga sangrándonos la
contabilidad del bar.
Envalentonado y sacando
pecho, Frank levanta el dedo en dirección a la barra donde me encuentro. Le
pongo mala cara, que no me gusta que me utilice para dárselas de importante,
pero el tipo sólo se ríe y se señala el reloj. Como si no supiera todo el mundo
que no tiene ningún sitio dónde estar después.
— ¿Qué va a ser?— elevo la voz tratando de
hacer visible mi enfado.
Sí, ya sé lo que se les
está pasando por la cabeza. Mi compañera no es a la única a la que Frank saca
de quicio. Me gusta pensar que al menos así compartimos un vínculo muy especial.
Soñar es gratis y alguna ventaja tiene que tener el aguantar las vaciladas del personaje.
—Señores— alardea mirando con arrogancia a
los dos chicos— ¿Estoy sentado con hombres? ¿O alguno quiere una ‘fanta’?
El carraspeo de uno y la
sonrisa nerviosa del de las gafas son suficiente respuesta para Frank que se
gira y me echa una mirada desafiante.
— Tráete el ‘scotch’, Mateo. Pero del de
mi botella, no de la bazofia esa que servís a los idiotas.— Vuelva a girarse y
susurra a sus nuevos amigos — Sin faltar, pero es que os bebéis cada mierda
que…
Aunque me dan ganas de
entrar al trapo, ya he aprendido que no sirve para nada y que el tipo, falto
del cariño de los admiradores que nunca ha tenido, sólo busca aparentar que es
algo más que un cantante de cuchitriles. Además, no es cuestión de darles un
espectáculo que les distraiga del verdadero quid de la cuestión. Y, por cierto,
no se crean las patrañas de éste: lo que él bebe es tan malo como lo que
ustedes están tomando.
— No sé si deberíamos mezclar…— balbucea
dubitativo el joven gordito—Hasta ahora estábamos con el vodka.
El otro le da un
manotazo.
— No digas bobadas, a saber cuando podremos
volver a beber algo tan caro.
— Di que sí, que el vodka ese es de
nenazas.— proclama Frank con una carcajada que resuena siniestra en el
prácticamente vacío local. — Bueno, ¿por dónde íbamos, colegas?
Los dos tipos,
indecisos, vuelven a cruzar miradas, dudando si darle al carroñero la
presa por la que suspira. Pero, como buenos observadores que intuyo son, ya
habrán notado que estos tristes están deseando soltar toda la mierda que llevan
mascullando durante horas. Por eso únicamente pasan unos segundos hasta que el
delgado se pone a hablar.
— Pues nada tío. A éste que lo ha dejado
la mujer.
Frank mira con exagerada
cara de sorpresa al otro chico. Éste se encoge de hombros en un revelador “ya
ves”. La expresión de cabreo ha dado paso a algo más parecido a la de un
niño al que le hubieran puesto una mochila de cien kilos a la espalda. ¿No les resulta
adorable?
— Vaya, pues sí que estamos jodidos esta
noche, ¿no?— prosigue Frank — ¿O lo estamos celebrando?
— Sí, ¿no le ves el careto al tipo? Es
toda una fiesta.
— Cállate idiota. — se queja el gordito empujando
a su amigo.
— Bueno, bueno, que no se nos ponga
flácida todavía . Aquí está el nuevo consejero matrimonial. Frank Wild, a
vuestro servicio — proclama dándoles un apretón de manos.
— Encantado, Frank. Yo soy el no tan
‘Wild’, Carlos, y el cara larga es mi primo, Víctor.
El joven levanta la mano
con hastío. Mientras se van saludando, voy aprovechando para dejarles las tres
copas sobre la mesa. Los chicos hacen un gesto de agradecimiento. Cómo era de
esperar, mi compañero no hace lo mismo.
— ¿No ibas a traer la botella, chaval?—
pregunta Frank.
— Empezad con esto, que para algo estamos
los camareros. Porque tú, beber muy bien, pero servir copas no es lo tuyo. Y
luego el suelo lo fregamos nosotros.
El pianista se ríe ante
la ocurrencia.
— Este Mateo es un crack. En serio
chavales, no sabéis lo que nos cuida el tipo este. No eres nadie aquí si no te
ha recogido alguna vez del suelo.
Hago oídos sordos del
particular piropo, que todavía estoy con la sangre caliente, aunque no les
niego que no está mal escuchar algo agradable de tarde en tarde. Aunque claro,
con Frank suele ser todo una charada, nunca sabes cuando dice la verdad o es
que te está engatusando para tratar de conseguir algo. De hecho, no espera ni a
que le conteste para olvidarse de mí y darme la espalda. Apenas me alejo de la
mesa ya ha empezado de nuevo su locuaz discurso, agitando los brazos como si
fuera un director de orquesta.
— Vamos a ver, ¿tú estás soltero? — pregunta
al delgado.
— No, yo estoy casado.
— Vale, y tú — afirma señalando a
Víctor.—, a ti te han pegado la patada.
El chico suspira y
afirma lentamente con la cabeza.
— Entonces, recapitulando, Carlitos está
de puta madre, y tú estás de mierda hasta las cejas. A no ser que la susodicha
fuera una bruja, que en ese caso brindamos y nos vamos a quemar el pueblo.
El comentario de Frank
agita al chico que se viene arriba. Embravecido, golpea la mesa y el bebercio
se balancea con peligro en el tubo. Como lo tiren les hago fregarlo con la
lengua.
— Una arpía eso es lo que era. — exclama—
La más desagradecida de todo el jodido aquelarre.
— Tienes a la piba atravesada hasta el
tuétano.— ríe Frank.
— Vamos, que tú no estarías igual, no te
jode. — hace un desaire con la mano — Y nadie dice piba ya, Franco, ¿qué sales
del asilo o qué?
— Frank, Víctorcito, no me cambies el
nombre que la tenemos.
— Bueno, bueno, que haya paz, que aquí
somos todos colegas — intercede Carlos.
Frank cambia súbitamente
el rostro y se pone a carcajear. A mí también me entra la risa al pensar lo
flipados que se tienen que estar quedando los chicos con los súbitos cambios de
humor de su anfitrión.
— Los mejores, los mejores. — exagera
entre etílicas risas — Venga, dime Vic, ¿qué te ha hecho la cabrona?
El rostro del gordito se
relaja. Es evidente que se muere de ganas por un poco de condescendencia.
— Pues, ¿te lo puedes creer, Frank? — dice
enfatizando el nombre — Estoy yo, de putísima madre, con la Sara a punto de
hacer el segundo aniversario y vengo un día del curro y, ¡bam! La maleta en la
puerta. ¡Menuda hija de puta!
— Y no era para iros de vacaciones, ¿eh
colega?
— Qué coño vacaciones, que me largara, que
ya no aguantaba más y que no quería volver a verme la jeta.
— Yo tampoco querría verte la jeta. —
interrumpe Carlos jocoso.
Víctor le echa una
mirada asesina, de esas que amenazan con acabar con las gafas del otro hechas
trizas. Pero, emocionado por su propio discurso y tratando de no perder el
hilo, sigue contando la historia, ya se la devolverá a su primo en otra
ocasión.
— Y cuando le pregunto por qué, ¿sabes lo
que dice? ¿Sabes lo que me dice, Frank?
— Me muero por saberlo, Vic.
— Pues va y me suelta que soy un
pervertido. Que no soporta ver como se me van los ojos detrás de mis alumnas.
Porque yo doy clases de química en la universidad, Frank.
— Y Sarita estaba preocupada de que las
estuvieras dando de física…
Carlos trata de
aguantarse pero estalla en carcajadas.
— Perdona, perdona— se disculpa secándose
las lágrimas.
— Sois unos idiotas, ¿sabéis? Uno aquí
jodido y vosotros a partiros el culo de él.
— Venga, no te cabrees Vic. —susurra Frank
casi con ternura.— Tómate la copa que lo verás de otro color.
Víctor esboza una agría
media sonrisa y se bebe el contenido del vaso de un único trago. Entonces se
abate sobre la mesa y dedica a sus oyentes una expresión digna de condenado al
patíbulo.
— Vosotros sois tíos, seguro que lo
entendéis… sabéis que no tiene nada de malo mirar a alguna que otra.
— Yo de mirar me declaro culpable, amigo.
A veces no sé ni como me da para tocar las teclas del piano.
— ¿Ves? — enfatiza Víctor, suplicante— Eso
es a lo que me refiero. ¿Qué culpa tengo yo de que estén tan buenas y se pongan
esa ropita que no les cubre una mierda? ¿Es eso motivo suficiente para romper
un matrimonio?
Carlos le mira con
guasa.
— ¿Motivo? ¡Pero si te tiraste a la rubia
de tercero!
Frank observa incrédulo
al recién descubierto adúltero y comienza a darle un ataque de risa tal que a
punto está de caerse al suelo.
— Mira por dónde, al final era verdad que
el profe no se podía dejar los pantalones subidos en clase.
Víctor, visiblemente
enojado, hace caso omiso a Frank y se encara con Carlos.
— No digas chorradas, primo, eso ella no
lo sabía. Estoy seguro de que no tenía ni idea.
— Y qué más da si no lo sabía.— reprocha el otro— No
puedes ir por ahí detrás de otras faldas y luego echarle la culpa a tu mujer.
Tienes lo que te has buscado.
— En eso tiene razón el amigo, Vic.
Secreto o no, la polla te la sacaste.
El gordito asiente con
pesadumbre. Las pruebas pesan demasiado para seguir haciendo de abogado del
diablo.
— Sí, ya sé que me lo tengo ganado, que
soy poco menos que un desecho. Pero, que puedo decir, no lo esperaba, al menos
no así. Ella me quería, de verdad que sí.
En el rostro de Carlos
aparece una expresión de incomodidad. Se ve que a pesar de no estar de acuerdo,
siente cierta compasión por su primo. Frank, por su parte, arruga la nariz,
como si no terminara de convencerle lo que está escuchando.
— Siempre quieren, niño. —sentencia a
media voz— Lo que pasa es que el amor no es gratis, no importa lo que digan los
poetas.
— Pues se podría decir que técnicamente tú
eres del gremio. — ironiza el chico— ¿Acaso eres uno de los responsables de
vivir en esta mentira?
— Pero yo soy de los buenos. De los que no
te engañan con dulces estrofas.
Se produce el silencio
típico de cuando nadie tiene nada que decir. Únicamente los hielos contra el
cristal rompen la tranquilidad. Los dos chicos se han quedado pensativos, y no
parecen tener prisa por reanudar la conversación con el músico. Éste, absorto
en sus cavilaciones, cierra los párpados y se pone a tamborilear los dedos
sobre la rodilla mientras chasquea la lengua rítmicamente. Sus comensales,
alucinando ante la nueva rareza y liberados de golpe de la incomodidad que se
había creado, hacen ademán de burlarse, pero instantáneamente se detienen al
descubrirme haciéndoles un gesto para que guarden silencio. Créanme si les digo
que nada bueno sale de interrumpir a Frank cuando se siente inspirado. Incluso
Zulema ha parado de apilar los vasos, sólo para no romper la magia del momento.
Al tercer compás de las
falanges, el artista comienza a entonar la cancioncilla, tan bajito que si el
bar no fuese ahora una tumba sería casi imperceptible.
Con un alegre silbido
que contrasta con la melancólica letra, el músico da por acabada la
intervención. Para entonces, los rostros de sus recientes amigos se podría
decir que tratan de contener la emoción ante lo que acaban de escuchar. Aunque
parece que a duras penas han logrado entender parte de la letra, la manera de
entonar cada una de las estrofas, con la pena en los labios y la decepción en
la garganta, se ve que les ha tocado la fibra sensible. La risita nerviosa y
los continuos sorbos les delatan, no en vano saben que el primero que muestre
debilidad se convertirá automáticamente en blanco de las burlas. Y, no importa
que su porte disimule indiferencia, estoy seguro de que se han sentido
transportados a ese andén y han creído ver a Frank ahí parado, sin poder
despedirse de aquella chica.
Si lo sé es porque, por
más que me cueste reconocerlo, a mi también me ha emocionado, como supongo que
a ustedes. El maldito ha conseguido uno de esos momentos únicos en los
que te transporta a su universo, dejándonos una congoja en el pecho con el
transcurrir de las notas.
No se crean que todo
esto me pone contento. Todo lo contrario. Me jode hasta el tuétano lo bastardo
que puede llegar a ser el cabrito. Dando por hecho que no es un buen cantante
ni dispone de una magnífica voz, cuando le interesa es capaz de transmitir como
pocos saben. Si pusiera la mitad de sentimiento cada noche sobre el escenario,
hace tiempo que a todos en este bar nos iría mucho mejor.
(Continúa...)
Bueno, bueno, Ale, me he leído los 3 capítulos del tirón con la canción de Tom Waits de fondo, como si estuviera sentada en una mesa cercana a los personajes, escuchando,pensando y dejando la preparación de un taller para mas tarde.
ResponderEliminarEnhorabuena, espero disfrutes escribiendo tanto como tus lectores disfrutamos al leerlos
Muchas gracias, Blanca. Me alegra que te haya gustado y más aún que hayas escuchado a Waits, que de verdad es una delicia.
EliminarMe estoy enamorando de este Frank. A ver por dónde sale en el capítulo 4. Qué diálogos tan buenos. Parece que hayas dejado una grabadora en medio de la conversación. Felicidades. Un abrazo, Alejandro
ResponderEliminarMuchas gracias, Ana. Espero que sólo te enamores porque sea un personaje interesante, porque cretino es un rato. El capítulo 4 (y el 5,6 y 7) irá por derroteros parecidos. No me interesaba contar aquí un conflicto sino simplemente experimentar con diálogos. Es muy posible que la historia completa llegue a cansar, pero es algo que me tendréis que decir los lectores.
EliminarUn gran abrazo, Ana.
Bueno Alejandro. A mí me gusta bastante tu experimento. Estoy encantado leyéndolo. De todas formas, aunque los diálogos son fantásticos, te has esmerado tanto en la parte descriptiva y narrativa que yo, por lo menos, casi me quedo con esa. La conducción en primera persona que hace el “maestro de ceremonias” me parece magnífica y, como ya te dije, esa forma de implicarnos en la trama hace que formemos parte de ella, que realmente estemos sentados en el tugurio aspirando el humazo y viendo a los tres tíos frente a sus vasos. La técnica que utilizas, con frases como “lo que él bebe es tan malo como lo que ustedes están tomando” lo logran a la perfección. También la extensión que le has dado a esa parte de la estructura hace que le demos tanta o más importancia que al diálogo en sí. Por lo menos en estos primeros capítulos, claro está. Hay frases impagables, que demuestran el oficio, como ésa donde nos introduces en otra estupenda escena descriptiva, como es la de la canción de Frank (“Únicamente los hielos contra el cristal rompen la tranquilidad”)… Si es que estás escuchando el tintineo de los cubitos contra el vaso, ese mismo que todos hemos hecho sonar alguna vez de forma intencionada sentados a la barra de algún bar simplemente por el placer de escucharlo.
ResponderEliminarEn cuanto a los diálogos, te diré que me parecen muy buenos, con lenguaje cuidado, muy bien escogidas las palabras y perfectas las acotaciones. Pero aún espero más, porque no he visto el “extremo” al que te refieres y que creo está por llegar, dado que has escrito 7 capítulos y, como tú dices al principio, las conversaciones reales nunca van al meollo en el primer embite. A veces ni siquiera hay meollo. Y si te digo que espero más no me refiero a conocer ese supuesto “meollo”, sino ver hasta dónde puedes llegar en ese juego dialéctico a tres bandas.
Espero el próximo, un abrazo
Cómo siempre, tus comentarios son oro puro, Isidoro. Desde ya muchas gracias por ese certero análisis. Tienes razón en que la parte descriptiva es más atractiva, a mi también me lo parece. Lo que pasa es que Pigs fue siempre una historia de diálogos, estirada hasta el máximo para ver si el lector lo tolera o le parece una sobrada. La descripción vino después, como añadido. Pero me gustó tanto darle ese envoltorio que no pude dejar de seguir con ello, haciéndolo crecer junto con el diálogo. Ya veremos como queda la mezcla al final.
EliminarPor cierto, te debo una visita. En cuanto termine el último capítulo me pongo con ello.
Un gran abrazo, Isidoro. Un honor verte por aquí.
Has constrido un personaje en toda su extensión, con sus brillos y sus flaquezas.En el fondo, Frank es la sublimación de esos perdedores que tanto te gustan y me parece que lo veremos devorado por su propia melancolia, ¿me equivoco? Por lo demás, los diálogos son ágiles, realistas, vivos. Me está encantando tu experiencia que, como tu dices, es solo (y nada menos) que una conversación de bar, una recreación de ambiente.Para mi, ahí es donde un narrador demuestra su raza y la tuya es innegable.
ResponderEliminarGracias Rafa por enésima vez. Tienes razón en que los perdedores son lo mío. De alguna manera siempre me sentí uno de ellos, aunque de una manera mucho mas naïf e ingenua. Espero que veas a dónde te lleva la conversación, porque, como buen analista, no vas desencaminado.
EliminarGracias amigo por tu apoyo constante. Es un placer tenerte por aquí. Un abrazo.
Alejandro, eres un maestro. He leído los tres capítulos, fabulosos. Original la forma en que nos invitas a vivir esta historia, sentados en la mesa de un antro, que ajeno a la ley, nos permite fumar y deleitarnos con whisky de dudosa calidad. Disfruto de las magníficas canciones de Tom Waits (otro de mis favoritos, compruebo que nuestros gustos musicales son bastante afines) mientras, mudo y con el vello erizado, escucho en la desgarrada voz de Frank, a capela, esa inspirada letra que consigue el silencio del bar. Es de lo mejor que he leído últimamente. Envidio tu capacidad para cambiar de registros y bordar cualquier tipo de texto. Mientras espero el nuevo capítulo, por favor, sírveme otra copa.
ResponderEliminarMil gracias Jose. Es cierto que tenemos gustos parecidos, lo que no es tan habitual, pues tengo la sensación de que Waits es un gran desconocido en España. Por eso, me abruma que me cuentes que estás disfrutando de esta borrachera y, especialmente, que hayas sentido esa canción (que confieso intenté grabar y lo único que hice fue joderme la garganta), pues es un elemento que rompe un poco el esquema y que me causaba cierta inseguridad ponerlo.
EliminarY no te preocupes por las copas, compañero, tú tienes barra libre.
Un abrazo!
¡Que sean dos! Bueno, me parece que Ana e Isidoro tampoco tienen prisa y se van a quedar por el local un rato mas.¡Apunta cuatro!
ResponderEliminar¡Cuantos más mejor, je je!
EliminarMe encanta tu forma de narrar a tus personajes. Haces que estemos todos pendientes de la conversación de los que están a tu lado en un bar y dejan que por cercanía nos enteremos de la conversación. Esto junto con la canción de Tom Waits nos hace introducirnos en el ambiente de ese tuburio Seguiremos leyendo
ResponderEliminarGracías María. Espero que no te acabes hartando de estos beodos. Seguro que la música de Waits ayuda a ello.
EliminarUn abrazo, compañera.
Pues aquí estamos con el tercer capítulo de esta historia de cerdos, literalmente. No me ha decepcionado, en una línea muy parecida a los dos primeros. Resaltar de nuevo esa complicidad con el lector a través de los ojos y las frases de Mateo, que nos mete en la historia. Te has tomado muchas molestias en crear un personaje como Frank, peculiar como pocos, al que le gusta hablar y saber de la gente, un tío echado para alante y sin pelos en la lengua, afable y cortante a un mismo tiempo, y con su vena romántica escondida que saca a relucir cuando menos te lo esperas. De lo mejor del relato este Frank. Muy bien por los diálogos, además la narración que intercalas en medio deja reposar al lector. Vamos a por el siguiente. Un abrazo Alejandro.
ResponderEliminarGracias Jorge, aunque te reconozco que la creación de Frank se nutre de muchas referencias. Evidentemente tiene que ser un romántico, porque aquí vamos a los tópicos y la gracia estaba en jugar con ellos.
EliminarDe nuevo gracias por seguir a estos borrachos.
Sírveme un Jack Daniels compañero, voy a quedarme a seguir escuchando los diálogos de fondo. En este caso me ha venido a la mente la mítica canción de "Piano man" de Billy Joel.
ResponderEliminarSí que percibo que Frank al final puede ser como un disco rayado en el que sólo se escuchara la misma canción, pero a veces las personas carcomidas por el pasado, los errores, y la melancolía, parecen estar investidas de esta atmósfera de "perdición" que pulula a su alrededor. En cualquier caso, sigue gustándome este experimento, y como han remarcado, no deja de ser un acierto que se nos haga a los lectores partícipes de la escena con la interacción de Mateo. ¡Un saludo compañero!
Gracias José Carlos. Te sirvo un Jack y los que quieras. Me gusta esa canción que sugieres, y te animo, si no lo has hecho ya, a que escuches también las canciones de Waits que he puesto al principio. No es exactamente el mismo estilo que Joel, pero tienen bastantes puntos en común, por lo que creo te gustará.
EliminarLo que dices de Frank, así es, disco rayado es poco. Por eso insisto tanto en lo de experimento, porque no estoy del todo seguro si a la larga Frank y sus tonterías acabarán enamorando o directamente cansando. Por eso estoy muy interesado en vuestras reacciones sinceras, sin cortapisas.
Un abrazo compañero, y de nuevo gracias por pasarte.
Hola, Ale:
ResponderEliminarPor fin he entrado en tu creativo mundo de humo, alcohol y personajes peculiares. Me gusta, sobre todo, el tono y el ritmo de los diálogos. Veremos cómo evoluciona. La música en las historias, ya sean escritas o visuales, es un gran acierto. No me entusiasma demasiado Waits, aunque tampoco le he dado demasiadas oportunidades.
Un abrazo, Ale,
DMG o Z28000KG, como prefieras
DMG (lo del Z lo dejamos para el curro que hay que desconectar de la oficina), gracias por venir a este bar, de aquí sales admirando a Waits, ya verás. De todas maneras, Waits tiene dos vertientes muy diferenciadas, una más mélodica de sus primeros discos (más simple, aunque a mi me gusta más) y otra algo más experimental. La combinación de ambas eso sí, ha dado grandes temas como Rain Dogs o Walk Away.
ResponderEliminarPero bueno, no me enrollo más, que no viene al caso. Que muchas gracias y que espero que sigas disfrutando con el resto. No te aseguro mucha evolución, pero decadencia la que quieras y más.
Un abrazo, David.
No me avisaste del tercer capítulo. Eres un desastre para la difusión, jajaja. Menos pulido que los anteriores (demasiado pulidos), con la excusa de los diálogos recreas el ambiente del personaje de manera magistral. Tanto que uno se encuentra sentado en la banqueta de al lado "distraído", pero sin perder palabra de las vicisitudes que enhebra. Artífice hasta el tuétano, no podía creer el trabajo que te tomaste al colocar cada frase de la canción como un enlace a ella y su traducción ¡Increíble! Sin pensar que tengo la razón, como duda te planteo lo siguiente: al terminar los dichos de un hablante, tú terminas con punto y raya, de modo que si sigue después de una acotación, comienzas con mayúscula. En mi caso considero que va punto si la raya abre el dialogo en el renglón siguiente, si no, no va punto y, para el caso que siga una acotación, luego debe comenzar en minúscula o mayúscula según como cerró antes de la raya. Ej: si cierra con exclamativo, interrogativo o tres puntos, abrirá con un punto y mayúscula. Si cerró en minúscula sigue en minúscula ¿Que opinas? Un abrazo, Carlos.
ResponderEliminarGracias Carlos por el comentario. La difusión la llevo muy mal. De hecho ya están publicados todos los capítulos, hasta el siete, así que cuando tengas ganas, por aquí andan. Cierto es que está menos pulido que los anteriores, pero es que a partir de aquí me interesa mucho más la naturalidad, por lo que doy casi toda la importancia a los diálogos.
EliminarLo que me dices de la puntuación de los diálogos, no estoy muy seguro, intentaré mirarlo para la próxima. Gracias por el apunte.
Un abrazo, amigo.