viernes, 18 de noviembre de 2016

Relatos: DE INDIOS Y VAQUEROS

Hola de nuevo.

"Childhood memory" by Stewart Black (CC BY-SA)
He estado un tiempo bastante largo apartado del blog, y hoy finalmente traigo algo para acabar con la sequía de la página. Pido disculpas por la falta de continuidad, pero, como ya sabéis algunos, ando un poco a la gresca con las musas, y, simplemente las cosas no salen. Llegué a un punto en que no estaba cómodo escribiendo, y no podía quitarme la sensación de impostura cada vez que intentaba plasmar alguna historia. No tengo otra excusa que la de reconocer que no me estaba divirtiendo igual que antes.

Y, aunque creo que aún necesito un tiempo para retomar la normalidad en este campo, estos días me he puesto a repasar textos antiguos que, por una cosa u otra, no salieron a la luz. A lo mejor no tengo ahora la seguridad para emprender nuevos caminos, pero al menos puedo ir corrigiendo algunos relatos que estaban algo cojos.

El que os traigo hoy llevaba un par de años en el cajón y, aunque es algo oscuro para lo que suelo plasmar, decidí darle una puesta a punto y ponerlo por aquí.

Y poco más. Que espero que lo disfrutéis y de nuevo disculpas por estar desaparecido (también para leer vuestros blogs). Espero que este sea un punto de partida para empezar de nuevo.

Y a los que habéis vuelto a esta mi morada, gracias por la paciencia.

De indios y vaqueros

Muchas tardes de verano, cuando el sol empezaba a esconderse, los niños bajaban a toda prisa por la colina hasta el pueblo, en su particular persecución entre indios y vaqueros. Mientras llegaba la hora, sentados en el bar de la plaza entre charlas y cervezas, los padres aguardábamos su regreso, discutiendo cuál de los chicos habría hecho la mayor trastada esa semana y cuál volvería en peor estado al final de la velada. Y es que ya nos habíamos acostumbrado a recibirlos embarrados hasta las cejas, más de uno con un agujero nuevo en el pantalón. Pero no se podía esperar nada distinto de unos críos que apenas habían soplado diez velas. Recipientes de energía infinita, sus alegres chillidos solían escucharse por todo el bulevar mucho antes de que alcanzáramos a divisarlos. Unos instantes después llegarían en tropel, siempre con la lengua fuera y una enorme sonrisa, más amplia si eran del bando que había ganado la contienda.  

Pero, aquella última tarde de julio, no bajaron. Y nuestra vida cambió de golpe.



Desde el primer atisbo de oscuridad había sentido que algo no andaba bien. Pero no fue hasta que miré el reloj cuando empecé realmente a preocuparme. Definitivamente ya era lo suficiente tarde para que nuestros hijos hubieran inundado el pueblo con sus carcajadas y gritos. Y, sin embargo, dejando de lado el carraspeo de la vieja radio que sonaba en la barra, nos rodeaba un silencio escalofriante. Los chavales sabían de sobra que tenían que bajar antes de que se fuera el sol, y, hasta ese día, no se habían atrevido a saltarse la norma.

Inquieto, me levanté de la silla y dirigí la vista al fondo de la calle, la misma por donde aparecían a galope cada tarde. Como si hubiese actuado de resorte, la decena de padres que allí estaban empezaron a mirarse entre ellos con recelo. Ana me agarró la mano con fuerza y tiró bruscamente de mí, supongo que buscando algún tipo de contacto que la tranquilizara. Pero, aunque aquella mano se sentía un yunque, no giré la cabeza y seguí mirando en la misma dirección por varios minutos, congelado, sin atreverme a pestañear.

El primero en aparecer doblando la esquina fue Mario, el hijo del ferretero. El chico de piernas musculosas, era el más desarrollado de los niños, por lo que solía ser el primero en las carreras desde la colina. Detrás de él era normal ver al resto de la cuadrilla tratando de seguir el ritmo del que apodaban “pata tornillo”. Pero esta vez Mario se presentaba sin el habitual pelotón de gregarios. Y al llegar a la altura donde nos encontrábamos pude observar, con pavor, el rostro desencajado que traía.

Al tiempo que corría en dirección a la colina, apenas podía enlazar un pensamiento con sentido. Las oídos me zumbaban con estridencia y el corazón me atizaba con tanta violencia que me costaba respirar. Mario apenas había podido articular palabra. El niño temblaba como si tuviese la más virulenta de las fiebres y se aferraba al suelo tal que un marino recién naufragado. Todos estábamos paralizados, sin atrevernos a preguntar. Finalmente, gracias a los zarandeos de su padre, pudo decir algo legible. “El acantilado...”, murmulló. Y, con aquella palabra martilleándome la cabeza, eché a correr.

No esperé a nadie. No pensé en la angustia que los demás compartían conmigo y ni siquiera me paré a mirar la reacción de Ana. Simplemente tenía que llegar cuanto antes. Lo único que alcanzaba a vislumbrar era la imagen de Dani. Una y otra vez la cara de mi hijo, pasando ante mis ojos en una película que se proyecta en un bucle eterno, sus enormes ojos inquietos y sus rizos de caracol sobresaliendo del enorme sombrero de cowboy que tanto le gustaba lucir. ¿Por qué habíamos sido tan estúpidos de dejarlos jugar allí?

Cuando llegué a la zona más alta de la colina los vi. Los chicos se acurrucaban en el centro de la meseta, la mayoría sentados en el suelo. Algunos se abrazaban y un par de ellos gimoteaban entre hipidos.

Nervioso, luchando por no caer de rodillas, avancé con tiento hasta donde se encontraban mientras escudriñaba de un lado a otro buscando a Dani. A los pocos segundos divisé su sombrero y respiré aliviado. Se había quedado al fondo del grupo, los ojos clavados en el suelo en una mirada que parecía estar a miles de kilómetros de allí. Cuidadosamente, aparté al resto de niños y me acerqué a él, intentando disimular el temblor que me subía desde el estómago. Con el murmullo de algún sollozo a mi espalda, me agaché y abracé a mi pequeño con fuerza, tratando de rodearlo para que se sintiera a salvo de lo que fuera que hubiera pasado. El chico no me devolvió el gesto, únicamente se quedó quieto cual espantapájaros. Cuando le pregunté que había ocurrido ni siquiera giró la cabeza, sus ojos permanecieron estáticos y ninguna palabra salió de sus labios.

Poco a poco fueron llegando el resto de los padres, los cuales abrazaban a sus hijos con desesperación, como si no los hubieran visto en años. Yo, algo más calmado, aún trataba de dilucidar que desgracia había irrumpido en el juego de los niños. Observé la explanada donde nos encontrábamos, varias yardas de hierba frondosa que podían convertirse tanto en campo de fútbol como en el salvaje oeste. Es verdad que, en un principio, varios padres habíamos tenido reticencias en dejar que los chavales jugaran allí. La proximidad del acantilado, el cual gobernaba la cara norte de la meseta, presentaba una situación que nos inquietaba. Pero no era menos cierto que varias generaciones del pueblo habían jugado en el mismo lugar y jamás había ocurrido ninguna desgracia. El pudor a ser tildados de sobreprotectores había sido determinante para dejar correr nuestros miedos. Nos tranquilizaba, no obstante, el pensar que los niños ya eran lo suficientemente mayores para ser conscientes del peligro que conllevaba el acercarse, y nos habían prometido mantenerse a distancia.
Mientras trataba de ordenar mis ideas, comencé, no sin cierto temor, a contar mentalmente a los niños. Antes de que pudiera terminar, un grito desgarrador me dio la temida respuesta. Horrorizado, reconocí a mi vecina Amelia desplomándose en el suelo, exclamando entre berridos de dolor el nombre de su retoño.

Aquella tarde, Fede, el mejor amigo de mi hijo, no volvería a casa. 
 
"Western" by photophilde (CC BY-SA)

Pasaron un par de días en los que el pueblo se vio sumido en la más absoluta tristeza. El espigado primogénito de los Peralta, fanático de los dinosaurios y de las napolitanas de chocolate, se había marchado llevándose, entre tantas cosas, la sonrisa de todos y cada uno de sus amigos de la pandilla. Y, como no podía ser de otra forma, privado el aire de gritos y carcajadas, el silencio se extendió sombrío cual plaga por las calles. Nadie salió de su casa excepto para ir al entierro. Entre tanto, la policía se dedicó a interrogar a los niños, tratando de arrojar algo de luz sobre los acontecimientos de aquel día. Los que consiguieron no ponerse a llorar, únicamente alcanzaron a decir que no habían visto lo sucedido, pues estaban todos pendientes de una pelea entre Mario y Christian ‘el gitano’, que se habían liado a puñetazos tras una patada en medio del partido. Sólo al terminar la misma se habían percatado de la ausencia de Federico.

Del que no pudieron extraer declaración alguna fue de mi hijo. Y es que Dani, presumiblemente más afectado que sus compañeros, parecía haber perdido la capacidad de comunicarse y vagaba por la casa como un fantasma. Sus ojos se intuían atrapados en una realidad ajena, y por más que lo intentásemos, no encontrábamos una chispa de vida en sus pupilas. Sin embargo, lo que me resultaba más extraño era que, al observarlo, no conseguía encontrar rastro alguno de angustia o sufrimiento. Simplemente, no aparentaba tener ninguna intención de querer volver de ese extraño sueño en el que se hallaba.

A raíz de aquello, la incertidumbre se asentó en nuestro hogar. Yo empecé a faltar al trabajo, pues me resultaba imposible pensar en otra cosa que no fuera Dani. Ana, por su parte, se desesperaba ante lo que consideraba un castigo por no haber estado más pendientes. Colgó un cartel de cerrado en su local y se negó a atender las constantes llamadas de los familiares, mostrando la agresividad de una leona herida si alguno se atrevía a cambiar el teléfono por presentarse en la puerta de casa. Y para su desdicha, en los escasos momentos en los que decidía tratar de comunicarse, no encontraba en mí las palabras de consuelo que necesitaba. Notaba en su mirada suplicante lo destrozada que estaba, cómo buscaba cualquier cosa que la hiciese dejar de lado la oscura sensación de ser la peor madre del mundo. ¿Pero cómo iba a reconfortarla, si me sentía de la misma forma?

Con mi esposa cada vez más ausente, me tocó llevar solo la agria tarea de consultar a los médicos en busca de una respuesta. Tras un par de consultas y otras tantas miradas de condescendencia, llegué a ser consciente de que el niño tardaría un tiempo en recuperarse. Según el pediatra local, todo se limitaba a que el shock había sido demasiado fuerte para su mente infantil.
El psicólogo tampoco fue especialmente clarificador. Aquel experto en la materia, el cual apenas podíamos pagar, aseguraba que el estado de Dani estaba dentro de lo esperable y que tal y como había sobrevenido la situación, podría desaparecer en el momento en que encontrara la manera de enfrentarse a lo que había sucedido. “Bloqueo emocional por estrés postraumático”, afirmaba con frialdad. Un diagnóstico tan obvio que podía haberlo hecho yo mismo.
Aunque, para ser justos a la verdad, tan sólo unas semanas antes, la mayor preocupación de mi chaval era si podría ser titular en el equipo y ahora tenía que enfrentarse a la muerte de su mejor amigo. Pese a mi enfado por no obtener una panacea que nos devolviera los sencillos días pasados, sin tener otra cosa a la que aferrarme, me prometí a mi mismo no perder la compostura y echarme a los hombros el enrarecido ánimo que se había apoderado de mi casa. Tocaba apelar a la paciencia y confiar en que los médicos tuviesen razón.

Pero, cuando pasó un mes y nada había cambiado, mandé a paseo la entereza y volví de nuevo a dejarme inundar por las dudas. Mi hijo, otrora un niño alegre y lleno de felicidad, seguía apagándose por dentro y no tenía la impresión de estar más cerca de sacarlo de su cueva. Apenas era capaz de mostrar atención cuando le dirigías la palabra, con la vista siempre perdida en algún punto del vasto infinito. Ni un nuevo balón de reglamento, ni la última colección de cromos del oeste, consiguieron despertar su interés. Y aún a sabiendas de que yo era el último nudo para evitar que la familia se deshilachara por todos los costados, iba notando como la oscuridad se estaba asentando en lo más profundo de mi mente.

El tiempo fue avanzando, despacio igual que siempre que se sufre, sin mayor novedad. Las visitas se acabaron hartando de esperar tras la puerta, y el pueblo, mediante risas y bullicio, fue recuperando poco a poco su luz natural, sin dejar que uno solo de sus rayos iluminase por nuestras ventanas. Ana aparentaba seguir los pasos de su hijo, y ya era raro verla decir una palabra. Yo había perdido las energías y había vuelto a trabajar, cualquier cosa con tal de no estar atrapado en aquellas cuatro paredes.

Pero con la llegada del otoño,  cuando hacía mucho que había tirado la toalla, ocurrió lo impensable. Al tiempo que las hojas perdían su color, algo iba a ocurrir que nos iba a devolver el nuestro.

Sucedió mientras ordenaba unos cajones. Allí, escondidos bajo un montón de papeles que habían perdido su importancia, se encontraban aquel par de muñecos, un indio rojo y un vaquero azul.
 
Fue enseñárselos a Dani y se obró el milagro. Su rostro tuvo una reacción instantánea, la primera en semanas, y con eso nos bastó para olvidar de alguna manera todo lo pasado. Ana no paraba de reír, convencida de que aquello era la chispa de vida por la que tanto había suplicado. Su hijo estaba ahí y podía recuperarlo. Yo, por mi parte, trataba de relativizar las cosas, pero no podía (qué demonios, no quería), evitar sentir la euforia al ver que aquellos juguetes habían conseguido sacarlo de su particular ostracismo.

Y es que, cuando estaba con ellos, casi parecía que podía llegar a ser el de siempre. No es que esos trozos de plástico nos lo devolvieran por completo, pero al menos podías verlo sonreír, al tiempo que hacía los sonidos de la pistola y las flechas con las que peleaban cada uno de las figuras. Fue mi mujer la que me recordó que eran los mismos muñecos con los que jugaba con Fede. Quién sabe, quizá era su manera de lidiar con todo lo que había pasado.

El frío tardó poco en llegar ese año al pueblo. Mientras los vecinos reducían poco a poco su actividad diaria, mi familia iba recuperando las fuerzas. Por primera vez no temíamos a la llegada del día siguiente y esperábamos expectantes cualquier evolución en los gestos del chico.

Una de esas noches, después de la cena, lo llevé en brazos hasta la cama para arroparlo. Cuando estuvo metido bajo las sábanas, le besé tiernamente en la cabeza y salí del cuarto. Mas, justo en el momento en que atravesaba el umbral, un sonido que me pareció a un gemido me hizo volver la vista. Dani se había salido del catre y, de un salto, se había sentado en el escritorio en el que en otra época solía hacer los deberes. Me quedé un segundo en la puerta, observando que le había llevado a lanzarse a la mesa. Como era de esperar, se puso a  jugar de nuevo con los dos muñecos, el indio y el vaquero. Pensé en que no haría daño dejarle algunos minutos, no en vano, aquello era lo único que conseguía devolverle algo del brillo de antaño.

Pero lo que vi borró por completo cualquier posibilidad de felicidad.

El niño, mi tierno y dulce hijo, repetía una y otra vez el mismo juego con las figuras. Colocaba al vaquero y al indio al borde de la mesa, balbuceaba los sonidos de sus armas, y tras sonreír, hacía que el primero empujara al piel roja, el cual caía de bruces contra el suelo. Y, tras hacerlo, volvía a coger los muñecos y repetía la misma operación. Una y otra vez. Y siempre con la misma sonrisa. La que me había parecido un atisbo de su alegría perdida. La que ahora se me antojaba la más diabólica que jamás había visto.

Desde esa noche, los dos muñecos duermen bajo llave en el cajón de mi escritorio.

Y ya no se juega a indios y vaqueros.


 

34 comentarios:

  1. ¡Pero bueeeno! ¡Qué pedazo de alegría!
    Esto es como un regalo de navidad adelantado.
    Lo guardo, dame un tiempecito para leerte con calma.
    Alejandro Gallardo ¡Qué contenta estoy de que hayas vuelto compañero!

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    1. ...y además funciona tu blog para ponerte comentarios ¡menos mal! :)

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    2. Ahora sí:
      Es muy fácil sentirse dentro de la aventura de tus relatos porque más que contárnoslo, nos lo muestras (una tónica marca Alejandro Gallardo) Nos enseñas el bar de la plaza, los niños embarrados, el triunfo en la sonrisa del bando ganador. Todo promete una aventura feliz…hasta que deja de serlo. Primero la inquietud de los padres por la tardanza de la pandilla ¡qué bien lo has contado con esa mano-yunque de Ana!
      Y con el resto de los padres corrí a la colina y también respiré aliviada al ver a Dani…y sentí el dolor de Amelia. Y además nos acerca al espigado niño porque lo pones a comer napolitanas de chocolate y es fanático de los dinosaurios, deja de ser solo un nombre de niño, duele más la tragedia con nombre propio: Federico.
      También nos acercas a la preocupación de los padres por el “vacío” de Dani, de manera diferenciada la manera de encararlo del padre y de la madre.
      Y, lo mejor, no edulcoras el relato por tratarse de un niño, el propio Dani nos enseña “como” ha ocurrido, y es muy fácil verlo porque además (algo que me gusta muchísimo de tu manera de contar), no te limitas a ponerlo a jugar con un vaquero y un indio, no, le pones colores, y así se ve claramente el indio rojo y el vaquero azul, y eso es de buen cuentista o contador.
      Un gran final, no importa que se viera venir un poco, pues la sospecha estaba ahí, flotando en el relato, lo que lo hacía más inquietante si cabe.
      Estoy muy contenta de leerte de nuevo, un chorro de aire fresco tu grandiosa simplicidad, no es fácil contarlo desde la sencillez, sin malabarismos retóricos, sin fingir contar, sino que contando haces viñetas, nos dibujas situaciones, un estilo plástico y visible, claro, nada abstracto por fortuna, donde el plástico de los juguetes se torna en real al colorearlos, como ya te dije, de azul y rojo. Nos haces ver los juguetes en relieve(el vórtice, motivo, título y final de tu historia)
      Te leo y disfruto Alejandro.
      Rebienvenido compañero.

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    3. Gracias por tus palabras Isabel. Me alegra ver que te ha gustado, especialmente que destaques la vertiente visual, pues sabes que siempre ha sido una de mis obsesiones (la otra son los diálogos, que curiosamente aquí no hay). Es cierto lo que dices, que el final era ciertamente previsible, pero veo que aún así se te ha removido. No soy muy amigo de los giros bruscos al final, y para darle cierta coherencia, vi la necesidad de remarcar mucho la actitud del niño.

      Me hace muy feliz verte de nuevo por aquí. Esta semana me verás a mi por tu casa también, que hace demasiado que no visito a Lucía y compañia.

      Un gran abrazo Isabel.

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  2. Releído. Ayer lo hice y como te comenté, noté diferencias con la versión que conocía, no sabía cuales, pero encontraba el texto más acogedor. Ahora, ya más despacio, si logro averiguar donde se encuentran algunas diferencias, mejoras que vienen a sumar lo que ya tenía, tu sensibilidad, tu forma de integrarme en el cuento para hacerme su protagonista. Tendré que recuperar la vieja versión para estudiar mejor las diferencias. De momento, está bien que hayas vuelto por aquí, el camino está reiniciándose y seguro que a este primer paso, le suceden otros con nuevo ánimo e impulso. Me alegraré.

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    1. Gracias Ángel por tus múltiples relecturas. Sabes, porque ya te he dicho, que este cuento a crecido gracias a tus sugerencias. Cierto es que sigue sin ser de mis favoritos, pero objetivamente creo que ha mejorado bastante desde la primera versión.

      Gracias por tus consejos y por el ánimo que me das. Un abrazo, jefe.

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  3. Para los que te seguimos es una alegría leerte de nuevo. En cualquier caso, no te presiones y no sientas que te presionamos, tu pones los ritmos. Pienso que todos tenemos etapas, unas más creativas y otras incluso de sequía. Yo tengo que confesar que por primera vez desde que empecé en esto no tengo ninguna idea en mente.Tomate el tiempo que necesites, pero no nos olvides.

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    1. Gracias Rafa, tú siempre ahí, dando apoyo. Te haré caso, lo importante es volver a disfrutar y recobrar confianza. Espero que pronto encuentres tú también una historia, que la leeré encantado.
      Un abrazo, compañero.

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  4. Querido Alejandro, no sabes la alegría tan grande que me ha dado ver tu relato. Me he metido de lleno en él saboreando cada palabra. Es de admirar la sensibilidad para expresar los sentimientos de los personajes: la angustia de los padres cuando no llegan los niños, el trauma de Dani, la reacción de Ana y el narrador... Con esa capaces tuya para meterte en el corazón y en la mente de los niños.

    Felicidades, Alejandro. Como dice Isabel, encontrarme con tus maravillosas letras, es un regalazo.

    Un beso muy fuerte

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    1. Ana, alegría la mía al reencontrarme con vosotros (y pronto con vuestros cuentos, lo prometo). Me alegra ver que te ha gustado el cuento y te ha transmitido emociones, que es al fin de al cabo por lo que escribimos ¿no?

      De nuevo gracias por tus palabras y un beso muy fuerte.

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  5. Alejandro, es una enorme alegría poder dejarte alguna palabra aquí. He leído la introducción al texto con mucha ternura. Son pocas las personas que, como tú, pueden contar con modestia, con honestidad, con sencillez, lo que ocurre con tu relación con las musas. Lo más importante es que has vuelto a mostrarnos las bellas cosas que escribes. Yo (como humilde seguidor tuyo), admiro el valor que tienen tus trabajos y siempre vendré a buscarte, no importa el tiempo de espera porque seré recompensado con la gratitud de encontrar el sello de tus textos, con la felicidad de leerlos y emocionarme con ellos.
    Me ha sucedido con este relato pleno de desasosiego, inquietudes y angustias, en el que desarrollas una narración introspectiva, pones en juego los sentimientos de esa familia castigada por la tragedia de la muerte de un niño, nada menos. Un texto conmovedor. Las tribulaciones del padre, el encierro del niño y la congoja de la madre, que muestras en carne viva, van creciendo en intensidad con el desarrollo de la historia, hasta tensar la cuerda al límite emotivo. Nos das la esperanza de la recuperación de niño en un giro notable, de buen escritor, y es allí donde nos señalas el final, la puerta para cerrar el relato, con el dramatismo de la frase final.
    No te sientas presionado y tómate tu tiempo, las benditas musas a veces necesitan un descanso en su tarea, y no van a dejar a la deriva tu talento por nada del mundo, solo un poco de tiempo, solo eso. Te mando un gran abrazo.
    Ariel

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    1. Ariel, alegría (y honor) también de este lado.
      Lo de la introducción, creí que tenía que ser sincero. Llevo mucho sin escribir y he perdido mucha de la confianza que tenía ante el folio en blanco. Y, como supongo que también te pasa a ti (y a casi todos), no puedo ponerme a ello si lo que estoy plasmando me parece malo. Por eso necesito recobrar la sensación de que estoy contando mis historias de la mejor manera posible. Palabras como las tuyas, cargadas de sentimiento, me ayudan a dar un paso más en las ganas de volver del todo.

      Ya hablando del relato, te agradezco tus apreciaciones y me alegra ver que has disfrutado del texto.

      Te mando yo también otro gran abrazo, y te prometo leerte pronto.

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  6. Hola Alejandro:

    La escritura es un proceso que va por etapas y, aún cuando no se escribe, se incuban historias que saldrán más tarde. Todos, en algún momento nos sentimos "impostores" pero alguien que alberga en su interior esta capacidad de narrar no lo es, bajo mi punto de vista tienes el don de meter al lector en lo que narras y esa es la señal de los cuentistas.

    De esta narración el único pero que puedo poner (por intentar mejorarte algo, aunque solo es mi humilde opinión) es el principio, antes de meternos en la acción, no se decirte qué falta o qué sobra pero se me ha hecho un poco flojo (solo un poco, no se como si hubiese ahí algo que no fluye del todo) a mí también me sucede que cuando quiero narrar una acción intensa, de carga emocional, los principios antes de entrar en el tema me quedan un poco vagos. Creo que el tuyo se podría arreglar con leves cosas, quizás una forma más sencilla de decirlo porque es poca cosa. Por lo demás, una vez que nos sitúas en el bar del pueblo esperando el regreso de los niños, haces que "veamos" la escena como en una película y nos sintamos dentro de ella. Y el final, lo he visto magistral.


    No dejes de escribir, por mucho que te pelees con tus musas, porque estoy segura de que encontrarás la senda.


    Un placer leerte.

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    1. Muchas gracias Manoli, especialmente por, además de poner lo bueno, también marcar lo que te parece menos acertado. Curiosamente, a mi me resulta casi al revés, que el principio me parece lo más fluido y es en el nudo donde veo que el ritmo funciona peor. De todas maneras, el ritmo pausado que tanto me gusta utilizar, es probable que juegue en contra a la hora de contar acciones intensas, como bien señalas.

      Gracias Manoli, por tus ánimos y tus anotaciones, es un lujo tenerte como lectora.

      Un abrazo.

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  7. Bienvenido de nuevo Alejandro, me alegra que te hayas decidido a publicar de nuevo después de tanto tiempo.
    Nos traes una historia dura en la que la muerte está presente, más difícil aún cuando hablamos de niños. Coincido con comentarios anteriores en que nos metes de cabeza en la historia y nos haces partícipes de la angustia que viven tus personajes. La primera mitad es más dinámica, el lector devora el texto queriendo saber que ha sucedido. Después la pausas un tanto y se vuelve más introspectiva, ahondando en las reacciones de cada uno ante la tragedia. Finalmente nos sitúas de frente ante la crueldad infantil, que aunque no nos guste reconocerlo es también una característica a esas edades, aunque lo lleves a un extremo trágico.
    Espero que sea este el comienzo de una etapa más activa por tu parte, sabes que siempre es un placer leerte, se disfruta y se aprende. Un abrazo.

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    1. Jorge, que alegría leerte. Te agradezco mucho que pases por aquí, aún cuando el blog ya tenía telarañas. No sé si será este un comienzo de una etapa más activa, pero intentaré darle la prioridad que le había negado estos meses. Tu última frase me ha llegado.

      Te agradezco tu análisis, que como siempre es muy certero. Cuando hablas del ritmo, precisamente lo veo igual que tú, una primera parte más dinámica y una segunda más pausada e introspectiva. No estoy seguro si ese contraste funciona del todo, pero en su momento salió así, y cuando lo he retocado, incluso he ahondado más en esa diferencia.

      Jorge, un gran abrazo. Te visito pronto.

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  8. Magnífico tu relato, amigo Alejandro, magnífico y terrible. Narras a la perfección la caída a los infiernos de nuestro protagonista, llevándonos de la mano hasta el fatídico final de su comprensión.
    Un gusto volver a leerte.
    Un saludo.

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    1. Muchas gracias Bruno, me alegra mucho que te haya gustado y hayas "vivido" la triste odisea del protagonista.
      Un abrazo.

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  9. Bienregresado Ale¡,lo pillè anoche y me quedé tieso como el indio.No nos dejes.Un beso.

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    1. Me cuesta volver, Falín, espero a la larga estar más por aquí. Un beso.

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  10. ¡Truhán, me engañaste con el título jaja! Lo admito, me alegró ver que sacabas algo nuevo, y me gustó pensar por el nombre que era un western, un género en el he escrito menos de lo que me gustaría, pero que me encanta.

    Lamento que tengas ciertas dificultades para mantener un ritmo productivo constante y lleno de satisfacción, en las visitas que te hago siempre me he llevado gratas impresiones y sensaciones, y aquí ha vuelto a ser así.

    Y tenías razón, es un texto más oscuro si lo comparo con los tuyos que he leído. Pero oye, has retratado bien a un pequeño y posible psicópata, ya matara a su amigo por accidente o sabiendo las consecuencias. ¡Un saludo y no tardes en volver!

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    1. Gracias José Carlos por tus palabras. Ciertamente estoy muy alejado de este mundillo, y en algún momento tendré que volver, aunque creo que todavía tardará un poco.

      Gracias por la visita y espero leerte pronto.

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  11. Yo te lei poco pero aquí estoy dispuesta a leer todo lo que escribas, Ne he gustado este relato aunque me ha resultado un poco largo. Un saludo

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    1. Gracias María del Carmen. Me alegro que te gustase, aunque lo de largo va a ser difícil de mejorar, porque este es uno de los más cortos que tengo, jeje. Un saludo, compañera.

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  12. Amigo Alejandro, no sabes cuanto me alegro de leerte de nuevo en tu blog. Entiendo perfectamente cuando dices lo de la impostura al escribir. Es como cuando a los renombrados escritores, la editorial les pide que escriban su novela así o asá. Lo bueno que tiene ser escritor aficionado es que escribes cuando quieres y lo que quieres, ja, ja. Se te echa de menos, no solo como escritor, pues traes muy buen rollo contigo, pero te entiendo.
    El relato, como siempre, un gusto de lectura. Me gusta tu estilo, tu forma de narrar, tan cercana, sencilla pero no simple, visual, sensitiva. Qué te voy a decir que no te hayan dicho ya el resto de compañeros en sus estupendos comentarios. Y es que, en eso precisamente se nota el carisma que tú tienes, en los comentarios. Yo he de decir que estaba en ascuas, no me imaginaba el final, de verdad. Leía como un poseso con el tonto temor de que, al final, nos dejases con un final misterioso y el enigma sin resolver, je, je... Porque estaba deseando saber. Genialmente conseguidas las sensaciones de los padres, de los vecinos, el momento dramático de la colina y, por supuesto, es descubrimiento final del padre en la habitación de su hijo. A mí, el ritmo y la estructura me han parecido totalmente correctos y efectivos, incluso en la introspección, pues en un relato de esa extensión, tampoco ralentiza tanto la lectura como para que llegue a notarse demasiado. No sé, a mí me ha encantado. Como todos, espero leerte pronto de nuevo, compañero.
    Un fuerte abrazo

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    1. Isidoro, cuanto agradezco tu visita y tus palabras. Lo que comentas de la impostura, tienes mucha razón. A decir verdad no consigo recuperar la ilusión ni las ganas por esto, y aunque creía que gracias a esta revisión de un texto antiguo acabaría por volver, me he ido dando cuenta de que sigue sin apetecerme contar historias, e incluso el mismo hecho de leer otras (como lamentablemente habéis podido comprobar todos, pues no os visito a ninguno desde principios de septiembre). Lamento mucho la actitud que estoy teniendo para con vosotros, pero es que ahora no tengo energías para lanzarme de nuevo a esta piscina.

      Refiriendose ya al texto, sólo darte las gracias por el aprecio que se transmite en tus palabras y como pones el acento en puntos que fueron importantes para mí a la hora de escribir el texto. Como siempre, es un lujo tenerte de "editor" y espero darte pronto el mismo rigor en tus textos que tú me brindas en los míos.
      Un fuerte abrazo también para ti, compañero.

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    2. Esas palabras tan sinceras te honran, amigo. Lo que se hace, se hace por gusto. Bastantes cosas hacemos por obligación en esta vida para encima tomarnos esto como si fuese otra más. Como dice el anuncio de la tela, si quieres escribir, escribe, si quieres leer lee, pero... hazlo solo cuando quieras. Aquí tienes a un admirador que aprecia tu talento y tus magníficos comentarios. Nada más y nada menos. Hasta siempre. Un fuerte abrazo

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    3. Gracias por tus palabras Isidoro. Mi bloqueo es más personal que artístico (historias se me siguen ocurriendo), así que aún tendré que pasar por ciertas cosas para volver a la senda. Me emociona saber que cuando la retome, estarás ahí para recibirme.
      Un gran abrazo.

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  14. La verdad que, tras leer algunos comentarios, ya no sé qué decir para no repetirme. Si a eso le sumamos que yo tampoco estoy muy inspirado últimamente, el resultado final de este comentario no creo que te aporte nada nuevo.
    Antes que nada, me alegra que volvieras a publicar, aunque no voy a ser hipócrita, todavía me queda algún relato que leer en tu blog y no lo he hecho. Pero no me alegra porque pueda leerte, sino porque tú hayas superado (un poco) ese bloqueo y te hayas decidido a reanimar el blog. Sí, rescatando una historia antigua, pero da igual, lo importante es que le has dedicado tiempo a la escritura, a la hora de repasarlo.
    Entrando en el texto... lo de siempre y que ya han dicho. Descripciones muy visuales, gracias a esos detalles tan precisos que nos hacen no solo ver las letras, sino ver imágenes como si estuviéramos ante una pantalla de cine. Y sobre todo, la profundidad de tus personajes y la facilidad que tienes para meterte en sus mentes y diseccionar sus emociones, sentimientos, miedos, impotencias, etc., tanto de hombres como de mujeres, de niños como de niñas, de padres, madres, hijos...
    Una ambientación oscura e inquietante muy lograda, fruto de tus descripciones, que me recordó (la primera parte, sobre todo) a ''Mystic River'' (el libro, aunque la película es tan buena, que podría referirme a ella también).
    Quiero felicitarte también por esos dos primeros párrafos, que son los que nos impiden dejar de leer y querer continuar la historia para descubrir qué rompió las alegres vidas de los habitantes de ese pueblo.
    Un abrazo, Compañero, y sigue escribiendo.

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    1. Perdona por volver a escribir respondiendo este comentario, pero es que estoy releyendo la frase de mi comentario ''... que son los que nos impiden dejar de leer y querer continuar...'' y me estoy haciendo un lío con el verbo ''impedir'' jajaja. Es decir, no sé si es correcta la frase. Sé que entiendes lo que quiero decir si no es correcta, pero me gustaría saber si está bien dicho o no...
      Un saludo nuevamente, Alejandro.

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    2. Muchas gracias Ricardo por tus palabras. Me gusta especialmente la referencia que haces a Mystic, pues la atmósfera de esa película creo que podría venir muy bien a esta historia. Sobre lo de escribir, lo cierto es que aún no consigo ilusionarme, y por eso estoy tan alejado de este mundillo. No sé si volveré ni cuando, espero que sea pronto.
      Sobre si la última frase que pones es correcta, yo creo que está correcta, aunque es cierto que suena extraña. Creo que iría mejor "son esos dos párrafos los que nos impulsan a seguir leyendo..."

      Un grandísimo abrazo compañero.

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  15. Un abrazo...sin más, porque sí.

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    1. Mi querida Isabel, otro para tí, porque sí y porque te agradezco muchas cosas. Espero visitarte pronto y recuperar, alguna vez, la dinámica de leer y escribir. Gracias, compi.

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