viernes, 31 de octubre de 2014

Cine: ESPECIAL HALLOWEEN - PESADILLA ANTES DE NAVIDAD

Esta noche es Halloween, la noche de las brujas, de los muertos y de los disfraces. Del truco o trato, de los caramelos y de los timbrazos durante horas. Particularmente creo que nunca he ido a una fiesta relacionada con el tema y tampoco me he vestido de momia o vampiro. Pero tampoco es que no soporte todo lo relacionado con el día de hoy. De hecho, me gusta la estética de la calabaza y los monstruos del estilo 'Hammer años 60', y por encima de ello, adoro una película íntimamente relacionada con el tema: "Pesadilla antes de navidad" de Henry Selick. Aprovechando que el editor de "La ventana" de la Agencia Tributaria (una revista digital para empleados) me pidió que escribiese sobre esta cinta, voy a colgaros aquí al entrada que preparé. Os invito a visitar la ciudad de Haloween desde una perspectiva diferente a un análisis normal y corriente. Sin más os dejo con Jack Skellington y Cia para que recordéis o descubráis las aventuras de esta pandilla de monstruitos.




La escena del lamento de Jack
 El lamento de Jack

“Pero año tras año, nada va a cambiar,
y me canso un poco de hacer tanto mal.
Yo, Jack, el rey del mal,
estoy cansado de seguir igual.
Y es que muy dentro en mi interior,
hay un vacío aterrador.
Que sensación, en mi corazón,
surgió inesperada y veloz.”

                       (...)
“Ni tu me podrías comprender,
pues el rey de marfil, de esqueleto gris,

¡no quiere reinar!, si supieran la verdad,
dejaría el reinado para estar a su lado.
Hay soledad en mi corazón,
y necesito más calor;
la fama no me ayudara,
mis lágrimas vacías están.”



Un esqueleto camina apesadumbrado por una colina, y cual personaje Shakesperiano, canta a la luna su galopante depresión. Escondida tras las lápidas, adivinamos la furtiva mirada de su enamorada, una muñeca maltratada y con facilidad para la (auto) mutilación. Y finalmente, con las últimas estrofas, el pico de la cima, enrollada en un siniestro caracol, se despereza y estira, convirtiéndose en una especie de escalera que baja al famélico huesudo de vuelta a la infernal realidad, una rutina de popularidad, sustos y terror. Las luces del escenario se apagan y el mundo se vuelve negro. Ese es el color de ‘ciudad Halloween’: negro lodo, negro caverna, negro noche… Pero Jack se ha cansado de tanto monocromo y sólo necesita un poco de color en su vida. 

Pero, un momento, ¿no estábamos hablando de una película musical de animación, que, para más inri, se basa en la siempre edulcorada navidad? Así es. Además, con la firma del bienintencionado estudio de Walt Disney, nada menos. Aún así, este fragmento casi recuerda más a algún pasaje del Séptimo sello de Bergman o, incluso, a las divagaciones del príncipe Hamlet (tiene un divertido homenaje a esto). Y es que cualquiera que se acerque a la película “Pesadilla Antes de Navidad” (Nightmare Before Christmas, 1993), puede encontrarse bastante más de lo que se adivina bajo su infantil apariencia. 

Sally, honoris causa del taller de costura.
Que a Tim Burton le han fascinado siempre los monstruos es de sobra conocido. Desde sus primeros cortos hemos sido testigo de su afinidad con niños deformes, perros zombis o desequilibrados muñecos. Un tipo que hasta esta película ya nos había divertido con Bettlejuice, encandilado con Eduardo Manostijeras y pronto nos emocionaría con Ed Wood (para un servidor, su mejor obra), y que con esta película cumplía uno de sus sueños, siendo un enamorado de la animación y de la técnica Stop-motion, que consiste en rodar fotograma a fotograma los movimientos. Lamentablemente para él, tendría ciertos problemas de agenda, por lo que se vería obligado a ceder la dirección de la cinta a Henry Selick, no sin antes dejar enarbolada la historia y haber diseñado a personajes tan variopintos como el malvado saco de bichos “Oogie Boogie”, el apaleado “Santa Clavos” (sí, clavos) o la pandilla compuesta por Lock, Shock y Barrell, unos niños que pueden hacen del ‘truco o trato’ una experiencia fantasmagórica. 
 
Al final, todos los perros iban al cielo.
Y por supuesto, por encima de todos ellos, Jack Skellington. Un rey demonio que se siente sólo y desdichado. Abatido por la monotonía, su vida consiste en hacer lo mismo cada año. Y es un genio en ello, no hay duda. Cada Halloween es aún mejor que el anterior, y el resto de monstruos no dudan en alabar sus proezas. Este momento que os he contado, acontece si no recuerdo mal, después de ese ‘maravilloso’ festival de brujas, en el que, una vez más, Jack se ha superado con su puesta en escena. Pero lejos de celebrarlo (¿se puede celebrar una celebración?), busca la soledad en un lugar apartado dónde poder cantar sus penurias. 

"Que bonito es Ámsterdam" - Jack tras tomar demasiados caramelos
La imagen del personaje, caminando por la espiral mientras se lamenta de su sino es, por derecho propio, una de las imágenes más icónicas del cine de los 90

Me he querido centrar en este fragmento de la película porque, a mi juicio, resulta el punto más interesante de la misma, dónde se define claramente el conflicto del personaje. Lo que me cautiva es que, a pesar de estar hablando de un carácter animado, su lamento resulta desgarrador. ¿Cómo alguien que está en la cima de su sociedad se siente tan desdichado? Es popular, un ídolo, todos le quieren… “Un talento incomparable sin igual (…) el mejor sé que soy sin quererlo”, canta sin modestia.

Pero para Jack no es suficiente. Él es, como muchos de los personajes creados por Tim Burton, un “outsider”, un friki, o, como el mismo dice en otro momento de esta canción, “…no soy más que un perdedor”. 

Es el Rey del Mal, pero en su trono se siente sólo. ¿Hay amor en la admiración? ¿Son los demás amigos o súbditos? ¿Si no pudiera asustar, sería igualmente querido? La única que parece tener la respuesta a tales súplicas es Sally, la muñeca de tela, la cual ve algo en Jack más allá de la maestría en el arte del terror. Aún así, el esqueleto no tiene ojos para ella (ni para nadie en realidad, pues sólo tiene cuencas). Obsesionado con encontrar un sentido mayor a su vida se embarcará en una búsqueda dónde encontrará el color que tanto ansía, en forma de árboles de navidad, guirnaldas y caramelos.
¿Pero que ocurre cuando el rey de los sustos quiere hacer llegar su propia visión de la navidad a ciudad Halloween? Como decían en “Un, dos, tres”, hasta ahí podemos leer.

Únicamente apuntar, para la gente que aún es reticente, que la película supone una vuelta de tuerca a muchos de los típicos cuentos, con sus dosis de humor y ternura tan propios de Burton.
Oogie Boogie, como la montaña basura pero con bichos.
A ello hay que añadir el buen hacer de Selick como director (al que nunca se le ha reconocido lo suficiente por esta peli) y la excelente banda sonora de Danny Elfman, que parece disfrutar como nunca con unas canciones bastante diferentes a las que estamos acostumbrados en las películas para niños. Los que no soportéis los musicales, Pesadilla no abusa del tema, tiene sólo cinco o seis canciones, las cuales funcionan de maravilla dentro de la trama.
De la animación y el diseño de personajes, poco que decir, excepto que son una maravilla. La prueba de su éxito es que, casi veinte años después, sigue produciendo una cantidad ingente de merchandising (camisetas, llaveros, mochilas…) e, incluso, el rostro de Jack es casi símbolo entre determinadas bandas urbanas. Cada gesto de los personajes demuestra una expresión magnífica, adquiriendo mayor virtud en el personaje del esqueleto, pues careciendo de ojos es capaz de transmitir lo que siente en cada momento.

Jack y santa se copian el modelito.
Y eso es todo. ¿Estáis dispuestos a descubrir la navidad que ha preparado Jack? Halloween parece una buena fecha para hacerlo. No olvidéis las calabazas, las narices postizas y el gato negro. Con un poco de suerte os gusta tanto que cambiáis la navidad por un bonito aquelarre.
¡Esto es Halloween!
 
Tim con sus "niños".

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