jueves, 16 de junio de 2016

Relatos: PIGS. Capítulo VII. La última

Por fin. Después de casi 18.000 palabras y casi tres meses de darle vueltas, hoy el bar echa el cierre.

Ha sido una borrachera con idas y venidas, discusiones y abrazos, verdades y secretos. Y sobre todo muchos dolores de cabeza para el que suscribe. Tras poner el punto y final, sigo pensando que ha quedado más un experimento que un relato, y que la intención se mantiene intacta, pues siempre ha sido saber hasta que punto una conversación que intenta ser realista, puede ser a la vez suficientemente literaria. Qué lo haya conseguido o no es lo que los lectores tendréis que valorar.

Quiero desde aquí agradecer con entusiasmo a los que habéis seguido hasta el final el periplo de estos cerdos de botella y cigarro. Espero que os hayáis encariñado, aunque sea un poquito, con el singular Frank, que el tipo ya está pidiendo incluso tener sección propia, no soporta el hecho de dejar de ser el protagonista. Si me descuido hasta me cambia el nombre del blog. Tiempo al tiempo.

Por aquí os dejo los capítulos anteriores:

I y II. Cóctel de bienvenida y Primera copa.
III. Ronda de chupitos.
IV. Juegos de beber.
V. Barra libre.
VI. Cogorza.

Como siempre, recomiendo leerlo escuchando de fondo la Playlist musical:
Tom Waits for PIGS
Para los vagos como yo, unos ejemplos aparte (están todos en la playlist):


Y, como nota final, comentar que al final del texto hay otra canción que, sorpresa, no tiene nada que ver con Waits, así no acusáis al texto de falta de variedad...

Sin más retraso, os dejo con la última canción de Frank Wild (al menos por el momento). Él me asegura que es la mejor de su repertorio. Juzguen ustedes mismos.



PIGS.

VII – La última

Ya hace un buen rato que mi amiga, la bañista del reloj de pared, ha paseado los brazos por el lado este de la esfera, desvelando que, inevitablemente, la noche toca a su fin y ya no queda mucho que contar.
Si hasta hace bien poco los sonidos se mezclaban en una singular melodía, ahora la estancia se ha quedado muda, la algarabía es sólo un recuerdo y cualquier estridencia resuena indiscreta por todo el local. Incluso los bichos parecen haberse ido a dormir, dejando el lavabo callado como una tumba.

Son estas horas, íntimas y melancólicas, las que compartiremos unos pocos privilegiados en este fin de fiesta, más ahora que el resto de clientes se ha marchado, que no importa cuán baratas sean las bebidas, llega un momento que no entra nada más por el buche. Aunque para Frank y compañía no parece aplicarse esa máxima, y el licor sigue entrando en la mesa como si aquello fuera la cinta transportadora de un aeropuerto. Pero, a parte de su frenesí, lo cierto es que todo apunta a que va a ser un cierre tranquilo y no van a tener que preocuparse por invitados inesperados ni aguafiestas vestidos de uniforme.
 
Aprovechando que nuestros protagonistas han decidido tomarse un descanso para vaciar la vejiga, me permito regalarme un momento para mí. Así, con el disimulo adecuado, disfruto observando a Zulema, la cual, hastiada de esta su prisión de sábado noche, contempla en silencio junto a la ventana como se filtra el brillo de la luna vestida de corcho. Hechizado por lo que debe ser un encantamiento (¿será miembro del aquelarre de Sarita?), me fijo en el haz resplandeciente y cómo va acariciando sus mejillas, la ‘dama blanca’ pintando de nieve la piel cobre de la muchacha, que no es plan que una mujer eclipse su fulgor. Y es que, el coqueto satélite es perra vieja que se las sabe todas. Por eso, en una velada de tantas almas solitarias  ávidas de musas, se ha vestido con sus mejores galas, luciendo magnánima en lo alto; casi parecería estar bañándose borracha en champán al tiempo que hace como que vigila el mundo. La imagino remolona dejándose admirar, anunciando a las brujas que recojan sus ungüentos por esta jornada y ordenando a los gatos negros que se vayan a dormir y a cultivar el mal augurio, vaya a ser que alguien le quite una pizca de protagonismo en el escenario. Bastante tiene ya con que una chavalita le haga sombra; qué sorpresa descubrir que la oscuridad puede ser más brillante que la más cegadora de las luces.
La joven, más ingenua y ajena a la envidia de la de arriba, enreda los dedos entre los negrísimos mechones, los baila y los seduce, los suelta y los vuelve a recoger, sin dar la más mínima importancia a los suspiros que despierta en la clientela. Soñadores que, según las tesis de Frank, no son otra cosa que un puñado de tristones deseosos de volver a sentirse niños a base de jugar a perderse en esos rizos. Intuyo que si el cantante se fijara en este instante en la chica, le compondría una balada cargada de tópicos, de esas de romanticismo barato. Pero qué coño, sería una de las que merecería la pena oír, ¿no creen?

A pesar de lo atractivo de la idea, soy consciente de que no es esa la música que han venido a escuchar. No se preocupen, el protagonista también está al tanto de que tiene un público que contentar y por eso, nada más volver del servicio, ya se está arremangando, preparado para dar cuanto antes el pistoletazo de salida.

Por fin, ahora que ningún ruido roba los focos, todo está dispuesto para nuestra estrella. Un decorado perfecto para la última canción de Frank Wild.

— Bien, — comienza decidido— imagino que estaréis bastante hartos de tantas idas y venidas.

— Bueno, hemos echado el rato. — responde Carlos.

— Gracias por esa, colega. Por si sirve de excusa, si algo pretendía era que cogierais algo de perspectiva. Y, por qué no decirlo, si hubiera empezado por el final todo se hubiera acabado a la tercera copa.

— Brindo por eso. — Víctor alza la copa, tambaleante. Si tuviera que jugarme el dinero por quién está peor, iría con todo a por el gordito.

— No tan deprisa, Vic. — le corta Frank benevolente— Aún no sabemos que vamos a hacer contigo.

— ¿Llevarme a un club de señoritas? — contesta el chico carcajeándose.

— Ya te gustaría, primo.

— Deja de decir estupideces. — El músico parece algo frustrado — Si después de todo lo que hemos hablado, tu solución es pagar a alguien para que te caliente la cama, es que no has entendido nada.

— Vamos Frank, sólo bromeaba macho. — replica Víctor sin darle mayor importancia.

El músico, le da un toque al chico en la mano aceptando la disculpa y pega otro gran sorbo de whisky. En otro momento quizá se habría cabreado, pero ahora se diría que ha perdido parte de la energía de la que hacía gala.

— El tiempo para bromas ha pasado, amigos. ­­— arrastra pesadamente las palabras.— Si lo que queréis es ir a buscar putas, pues por mí perfecto, que yo aquí no juzgo a nadie.

En sus ojos entornados se puede adivinar cierta desilusión. A lo mejor esperaba más entusiasmo ante su actuación final. O que tanto beber también le afecta y toca ya el bajón. No obstante, el gordito, a pesar de su atolondramiento, se da cuenta rápidamente y sale al rescate del ánimo de su interlocutor.

— Disculpa, Frank, perdona de verdad, me he venido arriba con la tontería. Pero en serio que me interesa muchísimo lo que tengas que contarme. ¿No es por lo que hemos estado hablando toda la noche, colega?

El músico asiente relajado ante la sincera mirada de cordero degollado de Víctor. Se rasca la nariz risueño y la boca se torna en una sonrisilla. La mano suelta el vaso de tubo y viaja a la cabeza del jovencito, revolviéndole el pelo en un gesto cariñoso.

— Vale, vale. Si es que no tengo sentido del humor. ¿Veis? Esto es lo que pasa cuando la pifias como yo lo hice, que ya no sabes ni comportarte en una mesa.

Los chicos se agitan inquietos en la silla, despertando un poco del letargo ante lo que puede ser el principio de una confesión. Igual que ustedes, están ya deseosos de que les cuenten algo más que suposiciones.

— ¿Qué es lo que hiciste, Frank? — se interesa el flaco.

El músico suspira y arquea la espalda hacia delante, pensativo. Se coloca el sombrero sobre el regazo y acaricia el ala de una punta a otra. Gestos calculados para hacer el cuento más sentido. No sé cuántas veces se lo habré visto hacer ya.

— Mirad, esto sucedió hace mucho tiempo, cuando yo tenía, más o menos, la edad de aquí el amigo Víctor, y la misma cabeza de chorlito.

— ¿Cómo éste? — ríe Carlos — Lo dudo.

— No te creas, Charles. Como él, estuve casado. Y como él, sé bien lo que es cagarla. Créeme, sé bien de lo que hablo.

— ¿Tú también te tiraste a una más joven? — se adelanta Víctor.

— No, idiota, a diferencia de ti yo le tenía un poco de respeto a mi mujer.

Víctor se queda callado, atenazado por una súbita vergüenza. Frank guiña un ojo cómplice al chaval, que no pretende espantarlo de nuevo.

— El caso es que, mi matrimonio también se lo cargó, como al tuyo, la maldita lujuria. Todo por un bocadito de carne fresca.

— Pues no entiendo, Frank. — extraña el de las gafas — Si no te tiraste a otra. ¿Qué cojones pasó?

— No pasó nada. Al menos nada bajo sábanas. Pero no hace falta sacarla a pasear para joder las cosas.

El tipo se queda mirando el sombrero un buen rato sin decir nada. Carlos aprovecha para dar una patadita por debajo de la mesa a su primo y, cuando éste le mira, le hace un gesto en dirección a Frank, quizá intentando que su primo le diga algo al músico para sacarlo de su ensoñación.

— ¿Entonces, te la sacaste o no? — pregunta Víctor balbuceando.

Carlos se lleva la mano a la cabeza ante la pregunta idiota de su primo. Al menos Frank parece despertar y sonríe bobalicón a los chicos, como si los acabara de ver la primera vez.

— Yo la había conocido en una cafetería. — continúa, ajeno a la cuestión del gordito. — No era la más guapa, pero sin duda llamaba la atención. Trabajaba en una tintorería, por lo que yo me la ligué diciéndole que sus ojos cambiaban de color de tanto echar el tinte. De verdes a dorados dependiendo de la hora, observándolos no te podías aburrir. — Hace una pausa y parece recordar algo — Macho, sí que eran bonitos los jodíos.

— Nada como unos ojos bonitos para perder el sentido. — sentencia Carlos.

— Y ninguno como los de ella, te lo prometo. — hace un alto y eleva la mirada— Ahora, más espectacular si cabe era la melena negra que me traía, un pelo rizado de gitana que, cuando se desnudaba, la hacía parecer la mismísima Lady Godiva. ¿Sabéis quién es?

— Esa me la sé. — salta eufórico Víctor — Es la de la tipa que va en pelotas sobre el caballo.

— La misma. — señala el cantante. — Pues imagínatela, pero veinte veces más mujer. Y encima, cuando abría la boca, te dejaba anonadado. No era lista mi Marisa, ni nada. A los tres nos habría dado cien vueltas esta noche.

— Y si era tan perfecta, ¿qué es lo que pasó? — insiste el primo delgado.

— Pues que nos casamos y, claro, yo no paraba de pensar en todas las tías que no me había podido tirar.

— Ya, pero dentro de un límite eso nos ha pasado a todos.

— Sí, Charlie, pero yo ese límite me lo salté un poco.

En el rostro de Frank se puede intuir la vergüenza que hasta hace poco era propiedad exclusiva de Víctor.

— Porque todo iba de puta madre pero, — prosigue — yo sólo tenía ojos para las chavalitas que venían al bar a verme cantar. Y no lo entendía, pues os juro que yo a mi esposa la quería a rabiar. Pero era pensar en esos cuerpos adolescentes y volver a casa amargado, lleno de frustración.

— Tienes razón, — añade un lánguido Víctor — podría decirse que a mí me pasaba algo parecido. No podía aguardar al día siguiente para ir a dar clases a las alumnas.

— Lo sé, Vic. Por eso yo mejor que nadie para hacerte ver las cosas.

— Ya, ya, y mira que lo aprecio. Pero más allá de la simpatía que pueda tener ahora contigo, no termino de ver a dónde quieres llegar, aparte de que claramente hemos sido unos capullos.

— Deja que acabe antes de dar por sentadas las cosas. — ruega el músico.

El muchacho asiente apretando los labios, posiblemente algo decepcionado. Es evidente que no lo ve claro, pero no le merece la pena seguir discutiendo. Mejor le da otro lingotazo a la copa y ya se le pasa. Frank por su parte, se aclara un poco la garganta antes de continuar, pues en este cierre de concierto no se puede permitir ninguna nota malsonante.

— Pues eso, que incapaz de seguir adelante, se lo expuse a mi Marisa. La pobre tuvo que aguantar toda la ristra de chorradas que le iba contando. Le propuse de lo más variopinto, desde tener vía libre para tirarnos a quien nos diera la gana a incluso montar un trío. ¡Sí hasta le sugerí intercambiar las parejas con algunos de nuestros amigos!

— Supongo que no te salió la jugada… — presupone Carlos.

— Pues lo cierto es que se lo tomó mejor de lo que esperaba. Me dijo que lo entendía y que ya lo arreglaríamos juntos. Una santa, os lo juro.

— Más de una te hubiera mandado a la mierda.

— Sin duda. — Aprieta los dientes en gesto desagradable — Pero, gilipollas que era, a mí no me valía. No quería esperar, quería follar con todas en ese momento. Fui tan idiota de no conformarme, de martillearla con el tema durante meses. “Seguro que te va a gustar a ti más que a mí”, “Esto nos va ha hacer más fuertes como matrimonio” y polladas del estilo.

— ¿Y no piensas, — Víctor pregunta con inseguridad — que es más cruel eso que hacerlo a sus espaldas?

— Por la espalda no se puede defender del cuchillo… — recrimina su primo.

— Es cierto, Carlitos. — dice Frank conciliador — Pero no creas que no entiendo a tu primo. —se dirige ahora al gordito — Aunque no esté de acuerdo contigo, Vic, lo que yo hice tampoco se puede defender. El daño lo hice igual.

— ¿Y al final que pasó?

— Nada, al final mi Marisa se cansó de tanto jueguecito y un buen día, al volver de actuar en un local, no había rastro de ella. Se había largado únicamente con lo que llevaba puesto. Una bonita manera de decirme que ya no necesitaba nada de lo que había en aquella casa.

Víctor, ligeramente emocionado, en parte por la historia y en mayoría por los litros de licor que le circulan por la sangre, da una palmadita en la espalda encorvada de Frank. El músico, impasible, le agradece el gesto levantando el mentón, todo un clásico de la comunicación no verbal entre tipos que quieren aparentar ser el Clint Eastwood del barrio por un día. Por aquí vemos muchos de esos. La mayoría acaba lloriqueando al quinto whiksky, pero éste capullo tiene muchas tablas a sus espaldas.

— No os sintáis mal,— espeta finalmente quitándole hierro— que el mal rato se me pasó pronto. Por suerte tenía reservas y me cargué una botella entera. Esa misma noche ya estaba devorando las calles.

Frank cambia inesperadamente el rostro y pone expresión de euforia. Con los ojos abiertos de par en par, casi se asemeja a un demente. De sopetón, se levanta de la silla y se pone a dar saltitos.

—  Y, ahí me teníais, recién abandonado, gritando a los cuatro vientos “chochitos, chochitos, venid con el tío Frank”.

— Bueno, — interviene Víctor — sí decías eso, no estarías tan mal, ¿no?

— ¡Qué va! Si hasta estaba aliviado.

Carlos le dedica una mirada de desaprobación. Frank la percibe y se disculpa de inmediato.

— No quiero decir que no me importara, no me entendáis mal, dios me libre. Claro que estaba algo jodido, que uno no se pone a saltar cuando le dan la patada. Pero la realidad era que estaba casi más enfadado que triste. Uno espera que cuando le pase algo parecido, el dolor sea tan enorme que no te deje ni pensar. Que sea como una purga de todo lo malo que has hecho. Por eso, cuando te descubres sintiéndote la victima, te ves tan asqueroso que te tienes que poner como una cuba para no darte asco de ti mismo.

— Se podría decir que es lo que estamos haciendo ahora mismo, ¿no? — apunta Víctor, taciturno.

— Es lo que hacemos siempre, — continúa Frank — huir de los problemas. Más aún si somos jóvenes. Yo en aquellos años me miraba tanto el ombligo que pensaba que ella era la cabrona por haberme abandonado.

— Algo de culpa sí que tendría. — interviene el delgado.

— Como en toda pareja, Carlos. Tú lo sabes bien que llevarás ya tu tiempo casado.

— Y tenemos nuestras historias, no te quepa duda.

— Ya. Pero es distinto. Yo estaba tan mosqueado que me veía como el mejor marido del mundo, echado a los perros por una mentirosa sin corazón.

Carlos guarda silencio, al tiempo que Víctor asiente convencido. Visiblemente cansado, el jovencito pone todos los esfuerzos que le quedan para no perderse detalle del relato. Y es que, cada vez más, se ve reflejado en las palabras del artista. Éste, en cambio, no presta especial atención al grueso profesor y expone sin dirigirse directamente a sus invitados. Con la barbilla en alto y los brazos yendo de un lado a otro, parece creerse en medio de una conferencia, la estrella de un escenario lleno hasta la bandera.

— El whisky hizo el resto.— reanuda Frank— El fuego que me bajaba por el pecho a cada trago me hacía olvidar el revés sufrido y me provocaba una euforia tremenda al pensar en que se me abría una puerta a un mundo repleto de diosas virginales.

— Supongo — medita Carlos— que uno nunca sabe como reaccionar ante estas cosas y busca cualquier cosa que le consuele.

— Es como os conté antes, uno cree que bebe para olvidar, pero lo que hace es transformar las penas en algo más digerible.

— Como un buen whisky — celebra el gordito. — Pero no te pares, Frank. Te fuiste detrás de alguna hembra esa misma noche ¿me equivoco?

— De cabo a rabo. — se burla Frank — De cabo a rabo. Aquella noche acabé desmayado en un banco en el parque. Para mojar la sardina aún tuve que esperar una semana.

— Cuenta, cuenta…

Frank pone cara de pillo, de niño que acaba de descubrir algo que no saben los demás de la pandilla. Está claro que se lo pasa pipa jugueteando con las emociones del más joven de los primos.

— Era una extranjera, una rubia de metro setenta, de esas de calendario de gasolinera. Tan espectacular que, mientras tocaba el piano, me costaba concentrarme, se me iba la vista todo el rato, buscándola. Qué estaba haciendo en mi bar, sólo dios lo sabe. Pero quedaba claro que allí no pegaba ni con cola, demasiado limpia para tanta porquería, demasiado guapa para estar rodeada de tanto buitre.

Víctor, sin parar de beber, pone los ojillos como platos, probablemente imaginándose a la fémina.

— ¿Y siendo tan llamativa, cómo es que no te la levantaron mientras tocabas?

— Pues hasta yo estaba sorprendido, Vic. No sé si sería el hecho de que era la única que entendía las letras en inglés o que le ponían los tipos con sombrero, pero el hecho es que se quedó hasta el final, y esa noche ya estábamos en la cama.

— Frank Wild, el ídolo detrás de un piano — se entusiasma el gordito.

El tipo hace una reverencia ante el halago y vuelve a sentarse, no sin dificultad, que mantener el equilibrio a estas horas (y estas copas) no resulta tarea fácil. Por si acaso, a ustedes yo les recomendaría que no se levanten mucho, pues me aventuro a pensar que también van algo tibios.

— Y allí la tenía, desnuda y preciosa. — continúa Frank— Joder, si era preciosa. Perdonadme que me ponga cursi, pero es que era impresionante. La piel igual que la arena blanca, de esa que parece dorada cuando le da el sol. Las tetas perfectas, ni muy grandes ni muy pequeñas, así redonditas —hace unos círculos con las manos— y apenas ningún pelo ahí abajo. Y el culo, dios mío, el culo. Casi habría jurado que la chica tenía atada una cuerda detrás, porque aquel trasero se levantaba de una manera que no podía ser real.

— Joder Frank, no sigas que no me voy a poder levantar de la mesa. —  Víctor babea imaginando la escena.

— Deja de tocarte colega, que esta historia no es para que te pongas cachondo. — Se mosquea Carlos.

Su primo le saca la lengua y pone cara rancia. El de las gafas le da una colleja instantánea que casi hace que el gordito se coma la mesa. No sé si será por la bebida o porque los chicos no son especialmente maduros, pero desde aquí se ven idénticos a dos infantes peleándose en el patio del colegio. 

— No digas estupideces primo, que era una coña. Una maldita coña, ‘flipao’.

Carlos niega con la cabeza, exhausto de la actitud caprichosa de la que hace gala su familiar. Frank, por su parte, sigue a lo suyo, metidísimo en el papel.

— El tema,—  continúa el cantante—  es que aquella chavala era la típica tía con la que había soñado, el mismo calentón incontrolable que había hecho que mi Marisa se largara.

— ¿Y te la tiraste? —  pregunta Carlos.

— Claro que me la tiré, coño. Qué creías, ¿qué con esa pedazo de pibón en bolas me iba a ir a mi casa con el rabo entre las piernas?

— No, claro, quién podría rechazar eso.

— Yo no, desde luego. —  afirma sincero Frank — Y el caso es que fue muy bien. La chica no tenía mucha experiencia, pero estaba tan fascinada con follarse a un cantante que quiso hacer todas las guarradas que se nos ocurrieron.

— ¿Qué le hiciste? Anda suéltalo, colega —  Víctor, en su línea, sigue salivando ante la imagen en su mente.

— Evidentemente,—  continúa sin detenerse en la pregunta del chico —  la primera vez me corrí muy pronto. Llevaba ya un tiempo sin hacerlo y estaba demasiado buena, así que no llegué ni a los dos minutos. Pero luego lo hicimos dos veces más, y puedo deciros, compadres, que aquello se sintió mejor que cualquier polvo que hubiera echado antes.

El músico, enfervorizado, choca las palmas igual que el que golpea los platillos en un final de sinfonía apoteósico. Lejos de acompañar en la celebración, el delgado se rasca la perilla pensativo.

— No entiendo, Frank. Nos dices que nos vas a contar una triste historia y, ahora mismo, lo que siento es una envidia de mil pares de narices. Casi me dan ganas de divorciarme a mí.

— No te adelantes Carlitos, no te adelantes. Este polvo no ha acabado aún.

Los dos primos se miran divertidos. Se puede decir que el alcohol ya ha montado residencia permanente en la azotea de los chicos. Además, el pianista ha resultado un fantástico entretenimiento, una sorpresa que no esperaban cuando cruzaron las puertas del bar.

— Pues sigue follándote nuestras cabezas, Frank — remata jocoso Carlos.

Los tres ríen ante la burrada soltada por el delgadito, que hasta este punto había sido el más recatado de la mesa.

— Muy bueno, poeta. — le vacila Frank

— Aprendo del maestro, amigo. Aunque creo que tanto empinar el codo algo ayuda. Pero sigue, por favor, termina antes de que nos dé el coma etílico.

El músico levanta el pulgar dando conformidad y se frota las manos emocionado. Sin dar tiempo a réplica, empieza a narrar a toda pastilla.

— Pues eso chavales, que allí estaba yo, dándole a la chica la tercera vez, que fue la mejor, y me corro al final, no sé cómo porque ya no me quedaba nada dentro, y me echo en la cama. Entonces miro a aquella preciosidad que cierra los ojos y se duerme en un instante, agotada de tanto tema. Y me digo, “La hostia, Frank, este es el momento que habías anhelado , el momento más grande de tu vida”. Y os juro que así me sentía; un crack, un monstruo, el amo de la ciudad.

— Y que pasó entonces? —  pregunta Víctor.

Frank se toma un momento y trata de sorber algo de la copa en la que ya únicamente permanecen dos hielos medio derretidos. Entonces alza la vista y observa con cierta gravedad a sus colegas.

— Pues que de repente esa sensación se esfumó. Se fue. Como si nunca hubiera existido.

— No me jodas, ¿y eso? — se sorprende Carlos.

— No sé chaval, simplemente estaba ahí, de putísima madre, y al segundo dejé de verle la gracia a todo el asunto.

— ¿Y tú, que teorizas sobre todo, no llegaste a ninguna conclusión?

— Lo intenté.— afirma ligeramente amargado— Durante bastantes minutos le estuve dando vueltas, que si era esto o lo otro. Que si las expectativas eran demasiado altas o si simplemente es que merecía ese castigo.

— Cómo has descrito a la chica, no creo que sea lo de las expectativas. — dice Víctor muy serio.

— Seguramente no. Y tampoco es porque pensase que estaba mal, que no seré yo el que haga campaña por la monogamia, ni entonces ni ahora.

— ¿Pues entonces…? — insiste el joven.

— Pues al final, lo único que saqué en claro es que aquel deseo, si se asemejaba a algo, era a lo que se siente con una eyaculación. Una que tienes dentro, y cuando la echas, ya no tienes ganas de hacerlo de nuevo. Lo que un segundo antes es lo más importante, de repente no vale nada.

— ¿Y que pasó con la chica?

— ¿Con la chica? Pues que fue mirarla de nuevo y, como si hubiera abierto una ventana a un vendaval, empezar a acordarme de mi Marisa. De los macarrones con salchichas que hacíamos los jueves y de las noches de pelis de los domingos.

— Menudo bajón, colega. — apunta cariñosamente Carlos.

— Y que lo digas. ¿Pero sabéis que es lo más curioso? Que al recordar a mi mujer no pensé en sus labios, ni en sus tetas, ni mucho menos en lo bien que lo pasábamos follando. Sólo me acordaba de las chorradas de todos los días, de las pijadas que tanto detestaba. De compras en el supermercado y masajes en los pies después del día de playa.

— Macho, suena tan triste que me gustaría ahogarme ahora mismo en este whisky.

Frank, se acerca al tipo delgado y le dedica un guiño.

— No que va, Carlitos, no te tires todavía, que tú todavía estas a salvo. Los que estamos jodidos somos tu primo y yo. Tú aún no tienes el vacío que te queda cuando te das cuenta de que por un picor de polla te has cargado lo que te importaba de verdad. Se te queda una cara de subnormal que, bueno, ya nos ves, ¿No? Este sabe bien de lo que hablo, ¿verdad, Vic?

— Joder tío, se suponía que tenías que animarme. — protesta Víctor.

  Lo siento colega, pero ya no tienes arreglo. Tú ya te has metido en las faldas prohibidas y te has comido la jodida frutita por la que tanto suspirabas. Y me aventuro a pensar que, como yo, te has dado cuenta de que no es lo que necesitas, que lo que quieres es a tu Sarita y hasta comer arroz con gambas en casa de los suegros todos los malditos domingos.

Al escuchar el revelador discurso, Víctor siente una congoja en el pecho y tiene que apretar los dientes para que no se le escape un revelador suspiro.

— Y ¿qué hago, Frank? ¿Qué cojones hago? Creía que todo lo que estábamos hablando era para que me dijeras como superar toda esta mierda. Pensaba que me ibas a dar la clave para poder volver a estar de puta madre con una tía.

— ¡Y, coño, te lo diría, si lo supiese! Pero, en mi opinión, después de lo que has hecho, ya no tienes escapatoria. Aunque te enamoraras otra vez, que lo harías, ¿cómo vas a mirarla y no acordarte de lo que le hiciste a Sarita?

— Joder, tronco, pero después de todo lo que nos has soltado, ¿Me dices ahora que no que hay salida de esto?

— Pero sí que tienes una salida, Vic. Ese es el punto de toda esta noche.

El músico se coloca el sombrero y aprovecha para chuperretear uno de los cubitos que le queda en la copa. Es el momento que ha estado aguardando y no lo va a soltar sin la pompa adecuada. Con una serena expresión, los dientes entreabiertos y la cara del que se sabe el final del chiste, se acerca al muchacho y le habla con un tono dulce, casi paternal.

— Si yo fuera tú, —enfatiza— si existe una mínima posibilidad, por muy remota que sea, por humillante que te parezca…volvería con el rabo entre las piernas y suplicaría. Suplicaría como si te fueran a matar allí mismo y promete que te la cortas si con ello te perdona. Y, sobre todo, confiesa. Confiesa como el cerdo que eres.

— ¿No crees que eso sería demasiado? — ruega Carlos en busca de una solución más sencilla.

— Ni de coña. — afirma Frank tajante — Porque, amigo, eres un total y absoluto cerdo. Como yo y como tu primo de aquí al lado, que va de marido fiel, pero es tan cerdo como nosotros.

— ¡Eh! —  patalea Carlos —  Qué yo no he puesto los cuernos a nadie todavía.

— Ya ya, Carlitos, pero no porque seas un marido estupendo y quieras a tu mujer más allá de lo imaginable, sino porque eres un cobarde.

Carlos se sorprende ante tal acusación. Me juego algo a que nunca le habían llamado cobarde por ser leal a su esposa.

— ¿Por qué diablos habría de ser yo un cobarde?

— Simplemente lo eres. — atestigua como si fuera la verdad más absoluta — No me mires así, está bien que seas un cobarde, posiblemente eso salve tu felicidad. Pero no trates de vendérmelo como si fueras más integro que nosotros. O crees que no me he dado cuenta de cómo le llevas mirando el culo a la camarera toda la noche.

El delgaducho enrojece de inmediato. Le han pillado y eso que él creía que no se le notaba. Frank, divertido por la situación, invita señalando con el dedo a que observen a la exótica muchacha. Ella, que afortunadamente no comparte nuestro interés en el trío de borrachos, se ha puesto a limpiar las mesas de la esquina sur. Inclinada sobre la madera, los pechos rozando la tabla y el trasero elevado, no podía haber elegido peor posición para darle la razón al artista.

— ¿Veis, amigos míos? —  embauca Frank con voz suave y melosa —  Eso es nuestra condena. Ese maldito y enfermizo néctar que nos llama prometiendo el mayor de los placeres, para luego arrebatárnoslo todo. Como una jodida parca escondido entre dos perfectos y maravillosos muslos.

La camarera, como si hubiera intuido que es el tema de conversación, termina la mesa y vuelve a colocarse tras la barra. Su móvil vuelve a vibrar y una sonrisa sale a pasear en su juvenil rostro. En este momento, es posible que el tipo más odiado en este bar sea el que tiene ella al otro lado de la línea.

— Puestos a acabar de manera memorable, — propone Frank — creo que deberíamos invitar a la morilla a la mesa. Quién sabe, quizá ella te de mejores consejos, Vic.

— Vamos, no me jodas. — contesta guasón — Tres horas para convencerme de que me arrastre y ahora me sales con estas.

— La culpa es tuya, colega. Mira que fiarte de un borracho. Ya lo dicen, los niños y los borrachos no mienten, lo que no dicen es que lo que te cuentan puede que no valga ni una mierda.

Los tres se carcajean histriónicamente. Patalean y se doblan, eufóricos y embriagados. Con las cartas sobre la mesa, la tensión se ha marchado, las decisiones se han tomado y ahora sólo les apetece cerrar el bar al son de la risa.

Ahora, si me disculpan un momento, voy a acercarme a la barra a hablar con la compañera. Durante el corto camino, voy soñando con atreverme a decirle que si quiere la acompaño a casa, mas cuando llego a su altura sólo alcanzo a poner falsa voz confiada y de padre protector.

— Vete ya, que como te descuides te sortean igual que en una rifa.

La chica, notablemente agotada, me pone una sonrisa (¿cuántas van, amor?), de las de derretir el hielo de los vasos y el de polos, y me da un beso a la mejilla, esos que notas después durante horas. De un salto se quita el delantal y sale corriendo por la puerta trasera, no sin antes lanzar una mirada asesina a nuestros amigos, a ver si la divina providencia hace su trabajo, por confiar que no quede. Cuando cante el gallo, posiblemente dormirá desnuda, su piel de cobre entre los brazos del tipo del teléfono. No lo conozco, pero coincidirán conmigo al cien por cien en que es un gilipollas.

— ¡Mateo! — Grita Frank al fondo — ¡Cierra todo con llave, qué se nos escapa la niña!

No puedo hacer otra cosa que devolverle una cara de “ya te vale”, por mucho que por dentro lo esté aplaudiendo. Realmente es el único que se atreve a decir lo que todos deseamos. Bendita globalización.

Con la luna batiéndose en retirada, creo que ha llegado el momento de dar la velada por concluida. Ya han escuchado la lección de nuestro filósofo de pacotilla y recibido unos valiosos consejos. Que le hagan o no caso depende de ustedes. Pueden correr a sus casas y rogar por clemencia o encontrarse con un servidor mañana a la misma hora. No me corresponde a mí el juzgarlos, cuando de sus pecados sale mi sustento.
Cuando salgan, eso sí, les pediría que cerrasen la puerta, no se cuele una brisa refrescante que acabe de matar el ambiente nauseabundo que tanto nos cuesta mantener. Y, aunque de tarjetas no disponemos, déjenme decirles que esta es su casa siempre que tengan ganas de compartir sus penurias. Por supuesto, les pido discreción con lo que han visto y oído aquí. No olviden que, igual que conocen nuestros secretos, nosotros también conocemos los suyos.

Y disculpen que no les acompañe a la salida. Si me lo permiten, voy a acercarme a la mesa de nuestros amigos, que como narrador me he ganado un descanso. Por último, sólo desearles, señoras y señores, que conduzcan con cuidado y mañana traten de disimular la resaca. No queremos que sus jefes piensen que no son los santos que aparentan.
Y, sobre todo, hagan el favor, no le den demasiadas vueltas a lo de hoy; cualquiera sabe cuanto hay de cierto en toda esta historia.

---/---

— Caballeros, —exclamo mientras me acerco al trío—  ¿Quieren tomar la última?

Y antes de que respondan ya sé que nos descubrirá el sol con una borrachera de cuidado, cantando a gritos, con el sexo inundando la charla y el vacío ahogando el corazón.

Como cerdos que somos.


“¿Y ahora qué?
Voy más sólo que la luna,
negociando gasolina,
para este amanecer.

Ya ves,
voy buscando en la basura,
unos labios que me digan,
esta noche quédate”.*


— PIGS —

* Letra de la canción “Buscando en la basura” de La
Fuga

14 comentarios:

  1. Pues mi valoración final, amigo Alejandro, es que la calidad literaria de este relato está muy por encima de su aspecto como experimento. Me explico: por lo que dices, tu intención era averiguar hasta que punto se puede sacar partido de un diálogo lo más real posible en un texto sin mermar su calidad literaria. Parto del hecho de que un diálogo es tan real cómo el autor quiera hacernos creer. Un diálogo entre seres alienígenas puede ser muy real si el que lo desarrolla no se limita a presentarnos todos los tópicos de género uno tras otro sin más. En este caso, el diálogo nos atrapa y nos succiona capítulo tras capítulo envuelto en el ropaje de unos personajes muy bien caracterizados y una narración genial.
    El regalo que nos haces al principio con esa descripción de Zulema y la luz de luna es espectacular. Sólo eso vale su peso en oro. Las referencias al cine y a la música que has colocado a lo largo de todo el relato ponen una guarnición perfecta a un plato de primera. La profundidad a la que has llegado partiendo de un frívolo diálogo de tíos es digna de elogio compañero. El trabajado final es tremendo, me ha encantado. Desde el principio nos has hecho partícipes de la acción rompiendo de forma magistral esa cuarta pared. Nos hemos sentido dentro hasta el final, dónde además nos hemos sentido aludidos (al menos, claro está, los que pertenecemos al género masculino)
    Conclusión: Vale, soy un cerdo, lo confieso... pero, por favor, puedo tomarme otra copa en tu bar antes de que cierre? Será la última, lo prometo
    Un gran trabajo Alejandro, sinceramente. Aplauso y ovación final
    Descansa, pero vuelve pronto
    Un fuerte abazo

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    1. Me das un alegrón, Isidoro, pues había tenido la sensación de que empezabas a saturarte en el sexto capítulo. Que digas que la calidad literaria es suficiente para sostener la parrafada, es un auténtico premio para mí. No pretendo ni creo que sea mi mejor relato, pero sí me gustaría poder poner en práctica parte de lo aprendido aquí en futuros trabajos, y opiniones como las tuyas, detallistas y certeras, me ayudan mucho más a saber como enfocar esta tarea.

      Una cosa que me hace especial ilusión es lo que dices de la "disputa" de la luna y Zulema. Es algo que ha estado cerca de quedarse fuera (y está recortado), pues no dejaba de ser una ruptura con el tono del último capítulo, un paréntesis en un final ya demasiado cercano. Siendo objetivo, todo me decía que no debía estar ahí (ya sabes lo que dicen, lo que no suma, resta), y si lo dejé fue simplemente porque me encantaba como conectaba con la canción de Waits (Grapefruit moon) y la imagen que me evocaba. Así que no sabes como me alegra que te haya gustado tanto.

      Conclusión: Te puedes tomar todas las copas que quieras. Y además invita la casa. Sólo te pido que no le des coba a Frank que ya está demasiado subidito...

      Un gran abrazo y millones de gracias por tu incomensurable apoyo.

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  2. Me uno al aplauso y la ovación de Isidoro. Has hecho un gran trabajo, se notan las horas de trabajo que le has dedicado. Es admirable cómo has ido construyendo los personajes, especialmente el de Frank. Lo que al principio parecía el retrato de una charla banal ha resultado ser una historia compleja. Y, como dice Isidoro, no has dejado ningún detalle suelto, la ambientación, la camarera que, sin decir una palabra, tiene tanta personalidad como el resto de personajes, la música, las ocurrencias de Frank. Una historia redonda, en definitiva. Te felicito, Alejandro, y te mando un beso muy grande

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    1. Ana, tanto tú como él, habéis sido los más fieles a esta borrachera y por ello sólo puedo estar tremendamente agradecido. No es fácil meterse tal atracón de banalidades entre tanta oferta literaria como hay por la web, y tú has estado ahí desde el primero hasta este último. Así que gracias de verdad.
      Me agrada también que pienses que es una historia compleja. Me resultaba muy interesante trabajar desde los tópicos para acabar llegando a algo más. No deja de ser una historia de tipos simples, cazurros y como reza el título, bastante cerdos. Pero, como toda historia con sentimientos, al final puede sorprenderte, incluso si al principio no has sentido afinidad con los personajes (yo escucho las burradas que dicen estos y te aseguro que me cambio de mesa...)
      Y por supuesto que la camarera tiene personalidad, la que más de todos, no te quepa duda. A lo mejor algún día hasta me da por contar su historia.

      Por último, la historia redonda no sé si es, sigo pensando que son diálogos con armazón, más propios de una película que de un libro, pero me satisface que haya conseguido engancharos también su parte más narrativa.

      Ana, un beso muy grande a ti también. Mañana o el lunes a más tardar me verás por tu "escarcha".

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    1. Gracias Rafiki por plantar las vías para este tren.

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  4. Ale, lo primero felicitarte por tu esfuerzo. 18.000 palabras es internarse mucho en territorio enemigo y las posibilidades de perderse o caer en alguna trampa se multiplican conforme avanza el viaje. Lo segundo, felicitarte por el resultado, porque has superado el reto brillantemente. La conjunción de unos diálogos vivos, frescos, con los monólogos de ese inquietante narrador son una muestra clara de tu calidad cuando te sientas a escribir. ¿Si los diálogos naturales pueden alejar de la historia en vez de acercarte a ella? Pienso que todo depende de su calidad, si están bien escritos te hacen meterte más en el relato, si no lo están, lo que harán será que el lector acabe perdido sin saber a donde lo estamos llevando. Si te fijas en “El Jarama” de Sánchez-Ferlosio, considerada una de las obras en español más importantes del siglo XX, es una novela construida exclusivamente sobre diálogos, unos diálogos que son las charlas de una pandilla de jóvenes un domingo bañándose en el río, así de simple en su contenido y así de complejo de construir, porque ser natural en una conversación entre personajes no es nada sencillo.
    He releído el último capítulo imaginándolo como una obra de teatro y ciertamente Isidoro lo ha clavado. Es un texto que con poco esfuerzo podrías transformar en un texto teatral (tú dices que eres cinematográfico en tus relatos, pero este, con un solo escenario, es que quedaría muy bien. He imaginado la mesa con los tres contertulios iluminada con un foco cenital, el resto en penumbra, la maciza trasegando tras la barra y el cambio de foco cuando habla el camarero narrador).

    Por cierto, voy a llevarle la contraria creo que a Ángel, con su permiso. A mí Zulema me gusta así, distante y misteriosa, objeto de deseo inalcanzable. De esta forma la atención no se evade de esa mesa central donde transcurre la acción. A lo mejor se me está yendo la cabeza, pero yo de ti no descartaría escribir teatro, que es un género que poca gente cultiva.

    Coincido con Ángel en que es mejor leer el texto del tirón, para no perder la inercia del diálogo.

    Enhorabuena de nuevo. Ahora unos días de descanso y a darle de nuevo a esa cabeza que no deja de crear.

    Un abrazo,Ale.

    Rafa Codes.

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    1. Rafa, que bien que hayas llegado al final de la noche... ¡y de una pieza! Lo de las 18.000 palabras, pues que quieres que te diga, obedece sobre todo a mi incapacidad para no liarme y acabar sacando el sol por Antequera. Si te cuento la verdad, esta historia estaba prevista para andar por las cinco o seis mil palabras, y mira como ha acabado. Muchos me decís que no se hace demasiado pesada, lo que es un alivio, aunque sí creo que podía haberla aligerado un poco. Lo que pasa es que yo mismo disfrutaba vacilando cada vez más a los primos, hasta tal punto que aún hoy se me ocurren cosas nuevas con las que seguir debatiendo.

      Sobre lo que comentas de Zulema. Yo pensaba como tú, pero el imaginármela ahora en un tira y afloja con Frank... pues me despierta el apetito literario. Porque a la historia se le queda cojo un contrapunto brillante a Frank, alguien que esté a su altura. Sólo el narrador apunta maneras, aunque siempre se mantiene al margen. Pero vamos, no son más que conjeturas. Ya sabes que cuando acabas algo siempre lo ves con ojos demasiado críticos y cambiarías (casi) todo.

      Lo del texto teatral, lo dejaré para otra vida, porque el teatro no es lo mío. Lo he intentado, pero noto que le falta la magia que el cine sí me transmite. Siempre me ha parecido un medio algo encorsetado, sin poder acercarse al rostro del actor, dónde los silencios no me resultan sutiles, y la emoción siempre es demasiado evidente. El juego del cine (con la luz, la música, el tempo, el plano, los fueras, lo real, lo irreal...) me seduce de una manera que las tablas no lo han conseguido nunca.

      Lo que comentas del Jarama, tendré que leerlo, porque de literatura soy profano. Conozco el libro, pero juraría que no lo leí en su momento.

      Y nada, Rafa, que mil gracias por todo, por el apoyo y el tiempo. Este blog si lo mantengo (porque por cansancio y pereza dan ganas de cerrarlo) es por seis o siete personas tremendamente fieles que hacen sentir que el esfuerzo de comunicar tiene a alguien al otro lado.

      Espero tu próxima historia para devolverte la lectura.

      Un abrazo, compañero.

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  5. Pues por fin hemos terminado esta epopeya de bar nocturno acompañada de bluess al piano. Como colofón al fin el bueno de Frank se ha animado a contar algo sobre si mismo, y nos tenía una sorpresa preparada, resulta que él era el primero que tendría que aplicarse los consejos que da a los demás. Ante todo Alejandro felicitarte por tan excelente trabajo. Leído en su conjunto se da uno cuenta de que es un trabajo complicado y que ha exigido muchas horas. Destacar la personalidad de la que has dotado a cada uno de tus personajes. Cada uno tiene su propio carácter y su forma de ser, y eso se aprecia tanto en el modo que tiene de hablar cada uno como en sus reacciones. Los diálogos por supuesto son muy naturales y creíbles y constituyen la columna vertebral de todo el relato. Y como hemos comentado todos, la introducción del narrador llevando de la mano al lector por todo el relato, dirigiéndose a él directamente, consigue introducirnos más si cabe en la historia.
    Comentabas que tenías dudas sobre si el exceso de diálogos saturaría al lector. Esto creo que depende mucho del tipo de lector que encare el texto y de lo que busque en él. Es cierto que se trata de un relato atípico, no muy al uso y para lectores con cierta experiencia y gusto por la literatura, capaces de apreciar el trabajo que algo así tiene detrás. Posiblemente en el lector menos experimentado o que busque sensaciones inmediatas si pueda producir alguna saturación. A mí, como te digo, me ha gustado como has recreado la historia, como has trabajado los personajes y como te has esmerado en los diálogos. Es éste un relato que no está al alcance de muchos, así que no me queda más que felicitarte por tan excelente trabajo. Sin duda la cantidad de horas que has invertido en él ha tenido su recompensa, de verdad que es un gustazo durante al lectura sentir todo el mimo y el esfuerzo que el autor ha puesto en su obra.
    Enhorabuena por está épica de bar y por todo el trabajo realizado. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias Jorge, y aprovecho para felicitarte por ser el flamante ganador del torneo de escritores. Menudo crack estás hecho.
      Entrando en el comentario, aprecio que hagas un análisis tan exhaustivo. Que cada uno tuviese un carácter fue algo que nunca tuve muy claro, pues siempre tuve la sensación de que Frank los engullía un poco a todos, aunque muchos habéis apuntado que también os ha seducido el narrador. Lo cierto es que lo que empezó siendo una muleta, se ha erigido un poco en el maestro de ceremonias, y reconozco haberle ido dando más peso a medida que avanzaban los capítulos.

      Lo del exceso de diálogos, es que es algo que a mi me fascina, y como bien apuntas, creo que es algo que puede echar para atrás a más de uno. Yo reconozco que en la balanza acción-personajes, siempre tiendo a inclinarla por estos últimos. Pienso que se puede hacer un buen relato con una hisoria no muy brillante pero buenos personajes, pero no tanto a la inversa. Cuestión de gustos, supongo.

      Me alegra que lo hayas disfrutado hasta el final y te agradezco enormemente el tiempo y el esfuerzo dedicado.

      Un abrazo, Lucio ;)

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  6. Bueno, me he unido casi al final de la fiesta como el bueno del narrador jaja. Voy a hacerte una confesión, y es que este tipo de relatos, desarrollados en un único escenario y donde se sostiene una charla trascendental o no sobre la vida, no son de los que más me atraen. Sin embargo...sí que he disfrutado leyéndote hasta el final. Desde que te leí por primera vez, y tal y como me ha pasado con algunas personas que te han comentado aquí, tu estilo me sorprendió gratamente.

    Por la evolución natural del texto, es cierto que Frank se ha merendado a todos los demás personajes, y desde esa perspectiva sí que entiendo que quisieras suprimir los párrafos de aquí dedicados a la camarera, porque al final no dejaba de ser un personaje no de relleno, pero sí de poco peso. No obstante, introducir o no esas cosas es parte del proceso narrativo, y son elecciones que suponen un buen reto.

    Es cierto que Frank es algo extremo en su consejo final al chico, porque soy de los que piensan que si se ha perdido a una mujer, por las razones que sea, hay más peces en el mar, y tarde o temprano se volverá a conectar con alguien. Pero a fin de cuentas les ha hablado desde la experiencia, y seguro que los dos primos se acostarán sabiendo algo más que al levantarse ese día.

    Un buen texto en conjunto, que me hace recordar, aunque en clave más dramática, la serie de Cheers. ¡Un saludo compañero!

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    1. Gracias por el seguimiento y por tus comentarios, José Carlos. Es cierto que no es un texto al uso, y que me parece normal que no sea de lo que más te atraiga. Lo que pasa es que a mi los diálogos me pirran, y he querido llevarlo hasta el extremo, con todas sus condiciones.

      Sobre lo del consejo final, yo opino como tú, pero creo que Frank, precisamente porque está de vuelta y media de todos esos otros peces, es normal que piense así. En el texto quería poner de relieve la eterna disputa entre el sexo imaginado o deseado, y luego el realmente obtenido. Dicen que las personas más activas en este plano, más libinidosas, suelen ser las más insatisfechas. Simplemente quería jugar con esa disyuntiva, ni mucho menos defender el almibarado "amor para siempre".

      Gracias de nuevo por tus apreciaciones, y me encanta que nombres a Cheers. Aunque no le veo mucho parecido al texto(más allá de que se desarrolla en un bar), esta serie me encantaba. "Sometimes you wanna go where everybody knows your name..."
      Abrazo.

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  7. Me ha gustado mucho leer estas conversaciones de bar. Nunca pensé que una historia así me enganchara hasta el último capìtulo. has captado el ambiente del tugurio, las conversaciones según las copas subían el volumen de las conversaciones. Y el final al cierres los parlantes quedaban exhaustos de tanto deseos para rematar que después de irse con una mujer buenorra al final valorar a la que se tiene. Ha sido un placer leerte. Un abrazo

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    1. Gracias mil, María. No son tantos los que han aguantado hasta el final, y por ello, no puedo más que transmitirte mi aprecio por tu fidelidad.
      Me alegra mucho que lo hayas disfrutado, a pesar de ser un relato en principio no tan afin a los gustos de muchos.
      Un gran abrazo y gracias de nuevo.

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