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"Yellow Dragon Head" by brendangates (CC BY-NC-ND) |
En su momento no pensé en publicarlo, pues no deja de ser un relato muy menor, pero una compañera de trabajo me contó que a sus hijos les había encantado, así que, si al menos sirve para entretener un rato a los chavales estas vacaciones, bienvenido sea. Qué no todo pueden ser relatos de decenas de páginas, jeje.
Hay un dragón en mi cama
Cuando desperté me di cuenta de que me acababa de convertir en un enorme dragón. Tenía la piel dura como el acero, mis colmillos medían casi tres metros y, sobre todo, tenía mucha hambre.
De repente, oí a lo lejos una especie de grito que no pude
identificar. Impulsado por los rugidos famélicos de mi tripa, corrí en
dirección a aquel sonido arrasando con cientos de árboles a mi paso. Ya
casi podía saborear el festín que pronto me iba a encontrar. Pero, lejos
de descubrir a un suculento jabalí o un rollizo ternero, con lo que topé
fue con una vieja torre, en cuya ventana más alta berreaba una hermosa
princesa.
Intrigado, me acerqué a ver que le sucedía. Seguía teniendo
hambre, pero no podía comerme a alguien que estuviese llorando. Que uno
es un monstruo mitológico, pero tiene sus principios.
Al llegar a su altura, le pregunté por qué lloraba. Lo
hice con cuidado, pues me imaginaba que una niña de su edad se horrorizaría
ante la visión de un ser espeluznante como yo. Pero para mi sorpresa, la
chiquilla, no sólo no se asustó, sino que puso los ojos como platos y,
durante un instante, incluso pareció recobrar la alegría que había perdido.
Tratando de contener la excitación ante mi presencia (según
me dijo le encantaban los ‘lagartos’), trató de explicarme el motivo
de su galopante pesar. Resultó que el malvado príncipe azul la había encerrado
en aquella torre, impidiendo así que saliese a jugar con sus amigos del
bosque.
Aquella confesión me indignó de sobremanera. El maldito
príncipe siempre estaba detrás de alguna desgracia. De hecho, estaba casi
seguro de que tenía bastante que ver con que esta mañana me hubiese levantado
convertido en esta especie de dinosaurio escupe-fuego. Pero esto
no iba a quedar así. Aprovechando mi nuevo feroz aspecto podría darle la
lección que tanto se merecía.
Envalentonado, en una señal de juramento, levanté enérgicamente
mi amenazadora pezuña y…
— ¡Ay, papi! — Gritó la doncella — ¡Qué me has dado con la garra en el ojo!
Por lo visto, como dragón me había emocionado un poco y
no había cuidado la distancia con la princesa. En un momento, nuestra fantasía
caballeresca caía como un castillo de naipes. El bosque volvía a ser cama
y la torre, una pila de almohadas.
— Perdona, princesa… es que, ya sabes, me he emocionado con el cuento y…
— ¡¡Aquí está mi venganza!! —Gritaba la chiquilla entre
risas — ¡Te voy a echar un hechizo de fuego!
— ¡Pero yo soy un dragón, así que el fuego me encanta! ¡¡¡Ahí va mi contra-hechizo de cosquillas!!!
Así, entre risas y conjuros, acabamos tirados sobre el
colchón, agotados de tanta odisea. Pero justo cuando creía que podría cerrar
los ojos durante cinco minutos, la pequeña se incorporó de nuevo y empezó
a tirarme del pijama.
— ¡Papi, papi! ¿Y si ahora soy mejor una sirena y tú el ‘tigurón’?
Lo cierto es que, desde que la pequeña Elisa entró en nuestras
vidas, se han acabado las mañanas tranquilas, pero, qué demonios, nunca
despertar había sido tan divertido.