Sigamos dándole vueltas al amor platónico. Pues perder la cabeza por por una persona, que además está totalmente fuera de tu alcance, es el clásico entre los clásicos, y da igual cuánto se escriba sobre ello que siempre nos resulta fascinante. Los afectados por este 'mal' se encuentran entonces ante la difícil tesitura de elegir seguir admirando esa imagen perfecta desde la distancia o tirarse a la piscina para hacer de esa musa algo real y tangible, pero también imperfecto y doloroso. En esta historia que hoy os traigo, Antoine Foulier, un anciano que aún se resiste a dejar de soñar, está decidido a conquistar a la señorita Sophie. Y, aunque su amigo Maurice no lo ve nada claro, para él, la chica es su auténtica "Dama de Shanghái".
Y claro, al igual que Rita Hayworth, es uno de esos amores platónicos por los que merece la pena arriesgarse.
* Este relato se lo quiero agradecer a Rafa, que me inculcó su pasión por el cine y los mitos de la época dorada de Hollywood, y Ángel, el cual me descubrió la canción que me acompañaría durante toda la escritura del relato.
La dama de Shanghái Escrito en septiembre de 2014 escuchando "Shine on your crazy Diamond" de Pink Floyd.
Le gustaba su forma de tomar café. La manera en
que inclinaba la taza ligeramente para beber a pequeños sorbos y como el carmín
dejaba su huella en la porcelana. A los ojos de un distraído, habría podido
parecer que lo hacía como cualquier otra chica, pero Antoine sabía que no era
así.
Cada tarde, a la hora de salir al jardín, se dedicaba a observarla mientras ella charlaba con el resto de compañeras. A pesar de la distancia, a veces le parecía que podía notar el olor a jazmín de su pelo ondulado y escuchar su aflautada voz. En esos momentos, cerraba los ojos e imaginaba que, con sólo estirar el brazo, podría agarrarla de la cintura y hacerla bailar ante la envidiosa mirada de los otros internos.
Definitivamente, la señorita Julie era la más guapa de todas las enfermeras del Saint Patrice. Y a Antoine Foulier le había hecho perder la cabeza. “Es de las que ya no quedan” le contaba a su amigo Maurice.
Cada tarde, a la hora de salir al jardín, se dedicaba a observarla mientras ella charlaba con el resto de compañeras. A pesar de la distancia, a veces le parecía que podía notar el olor a jazmín de su pelo ondulado y escuchar su aflautada voz. En esos momentos, cerraba los ojos e imaginaba que, con sólo estirar el brazo, podría agarrarla de la cintura y hacerla bailar ante la envidiosa mirada de los otros internos.
Definitivamente, la señorita Julie era la más guapa de todas las enfermeras del Saint Patrice. Y a Antoine Foulier le había hecho perder la cabeza. “Es de las que ya no quedan” le contaba a su amigo Maurice.
